sábado, 18 de febrero de 2012

Anónimo S. XVII





No moriré por ti,
     dama esbelta como un cisne.
Hasta ahora has destrozado a pobres hombres
     y no a hombres como yo.

¿Pues, qué me haría morir?
     ¿Tus labios rojos, tus dientes radiantes?
¿Tus manos suaves, el pecho blanco como la cal?
     ¿Debería morir por esas cosas?

¿Tu espíritu noble, tu alegre temperamento?
     Oh tus palmas pequeñas, tu cintura como espuma,
el blanco de tu cuello y el azul de tus ojos
     — no moriré por ti.

Tus pechos redondos, tu piel delicada,
     tu pelo ondulante, tus mejillas rosadas
— de ninguna manera moriré
     por nada de eso, a menos que Dios quiera.

Tus cejas finas, tu cabello como el oro,
     tu casta voluntad, tu lánguida voz,
tus talones torneados, tus tersas pantorrillas
     — matan sólo a pobres hombres.

Dama esbelta como un cisne,
     ¡yo fui criado por una mano astuta!
Sé bien cómo son las mujeres.
     No moriré por ti.


Anónimo irlandés (S. XVII)
[original en gaélico]
Versión © Gerardo Gambolini
de An Duanaire – 1600-1900: Poems of the Dispossessed
en versión inglesa Thomas Kinsella


I will Not Die For You

 I will not die for you,
     lady with the swanlike body.
Meagre men you have killed so far,
     and not the likes of me.

For what would make me die?
     Lips of red, or teeth like blooms?
A gentle hand, a lime-white breast?
     Should I die for these?

Your cheerful mood, your noble mind?
     O slender palm and flank like foam,
eye of blue an throat of white,
     I will not die for you.

Your rounded breasts, O skin refined,
     your flushed cheeks, your waving hair
— certainly I wiil not die
     on their account, unless God will.

Your narrow brows, your hair like gold,
     your chaste intent, your languid voice,
your smooth calf, your curved heel
     — only meagre men they kill.

Lady with the swanlike body,
     I was reared by a cunning hand!
I know well how women are.
     I will not die for you.


miércoles, 15 de febrero de 2012

Federico García Lorca





(Desde la torre del Chrysler Building)

Manzanas levemente heridas
por los finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego,
peces de arsénico como tiburones,
tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,
rosas que hieren
y agujas instaladas en los caños de la sangre,
mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
que untan de aceite las lenguas militares
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
y escupe carbón machacado
rodeado de miles de campanillas.

Porque ya no hay quien reparta el pan ni el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quien abra los linos del reposo,
ni quien llore por las heridas de los elefantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.
El hombre que desprecia la paloma debía hablar,
debía gritar desnudo entre las columnas,
y ponerse una inyección para adquirir la lepra
y llorar un llanto tan terrible
que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.
Pero el hombre vestido de blanco
ignora el misterio de la espiga,
ignora el gemido de la parturienta,
ignora que Cristo puede dar agua todavía,
ignora que la moneda quema el beso de prodigio
y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.

Los maestros enseñan a los niños
una luz maravillosa que viene del monte;
pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas;
pero debajo de las estatuas no hay amor,
no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.
El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha con la inundación;
el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.

Pero el viejo de las manos traslucidas
dirá: amor, amor, amor,
aclamado por millones de moribundos;
dirá: amor, amor, amor,
entre el tisú estremecido de ternura;
dirá: paz, paz, paz,
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;
dirá: amor, amor, amor,
hasta que se le pongan de plata los labios.

Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como todas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música,
porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.

Feredico García Lorca, España, 1898-1936
imagen: Edificio Chrysler, 1932
[Public Domain Image]



lunes, 13 de febrero de 2012

José María Álvarez






                                   Y mandó juntar los suyos
                                   —Romance de Bernardo del Carpio

                                   A la carga, plavamgamas!
                                   —Valmiki

Lo que hemos amado como historia
Tuvo un principio y tendrá un fin
Y será como el paso de la luna
Entre la Horda y la Horda



                                   Sin otra compañía que el vino
                                   El ala de las tinieblas se abría suavemente
                                   —Ibn Hazm

                                   Lo turbio de una hora trasnochada
                                   —Rainer Maria Rilke

Qué volverá de aquellos años
Abandonados como un baile

La vida transcurrió de prisa
Quemó todo
Abrió agujeros
Desclavó las cosas
Huyó lleno el estómago

Los rostros se han dorado

Oh niñez

            Tú
Das
Las cartas



                                   Quien puede ser suyo, non sea enajenado
                                   —Juan Ruiz, Arciprestte de Hita

                                   Sólo el saber podrá
                                               Romper el poderoso sortilegio
                                   —Novalis

El desamparo de la vida

Una cultura de casa de huéspedes

Desesperadas estampas

No cabe duda nuestra herencia
ha sido pródiga en desastres



Yo hubiera querido entrar en la Tierra de las Tinieblas, pero desistí de ello por lo penoso que resulta encontrar allí víveres y por el escaso provecho que me depararía
—Ibn Battùta

¡Valor!
—Capitán Marryat

No temas a la muerte,
Pues el el mismo sueño que la vida,
Y en ninguno somos nunca.
El Azar es nuestro padre.
La enfermedad que asola la ciudad o la belleza del cielo
son el mismo Azar.
A él me entrego.
Ríete de los dioses. Y adóptalos sólo
para defenderte de la locura de los hombres.
Amor, fortuna o derrota,
todo es tan efímero
como la lozanía de tu piel.
Y durará más el banco en que te sientas
a escribir que las palabras escritas.


José María Álvarez, Cartagena, España, 1942
imagen: s/d

sábado, 11 de febrero de 2012

Gerard Smyth





Entraba allí
como si entrara al Templo de Salomón
o a un monasterio del Tibet de adoración silenciosa.

Me escondí allí, no una vez sino muchas
pasando una mañana
en el panteón de la retórica
o una tarde de primavera
volviendo las páginas que traían una historia
de guerra y paz, de crimen y castigo.
Era el Amherst de Emily,
la Itaca de Homero.

En la mesa de lectura,
como una fantástica herencia,
los libros que un fósforo podría quemar
y convertir en cenizas,
llenos de ficciones,
llenos de fábulas, llenos de los trabajos
de la vida solitaria

Gerard Smyth, Dublin, Irlanda, 1951
Versión © Gerardo Gambolini


The solitary Life

I entered there,
as if entering the Temple of Solomon
or a Tibetan monastery os silent prayer.

I hid there, not once but often
passing a morning
in the pantheon of rhetoric
or an evening in spring
turning the pages that carried a tale
of crime and punishment, war and peace.
It was Emily’s Amherst,
Homer’s Ithaca.

On the reading table,
like a great inheritance,
the books that a match could burn
and turn to embers
were crammed with fictions,
crammed with fables,
crammed with the labours of the solitary life.



Tu viejo vestido de chiffón
cuelga como el fantasma de Emily Dickinson,
triste y desdichado en el cuarto del fondo.

Un cuarto al que rara vez entramos.
Evoca recuerdos de una noche en los conciertos,
un día en Ravenna.

Ahí consignamos
a la pila de trapos y el revoltijo de cosas
tu ropa elegante, mi traje de tweed

grueso como una armadura.
En el armario con perchas de madera
está el sombrero de paja

traído de un viaje, el ala estropeada;
y la chaqueta suelta, sin botones:
alguna vez de moda,

ahora anticuada como el echarpe de Aran
y la camisa con volados, deshilachada lo mismo
que una bandera de rendición.

Gerard Smyth, Dublin, Irlanda, 1951
Versión © Gerardo Gambolini


Surrender

Your old dress of full-length chiffon
hangs like the ghost of Emily Dickinson
looking forlorn in our backroom.

The room is one we seldom enter.
It prompts memories of an evening
at the proms, a day in Ravenna.

It is here that we consign
to the rag-heap and the jumble pile
your glamour frocks, my tweeds

as thick as body-armour.
The straw hat that has travelled far
is there in the closet of wooden

hangers, hems unravelling;
and the baggy jacket, some buttons gone:
once it was fashionable,

now it is dated like the Aran-shawl
and the shirt with flounces,
frayed like a flag of surrender.


miércoles, 8 de febrero de 2012

Patrick Moran





Rutinas

Cada noche cierro las ventanas,
corro las cortinas, le echo llave a la puerta,
controlo que el termo y la estufa estén apagados,
saco la basura, atizo el fuego.

Y cada mañana deshago todo eso:
oyendo deslizarse las cortinas en los rieles,
abriendo las ventanas para que entre aire fresco,
despejando las cenizas del carbón aún encendido...

Rutinas a las que me aferro, aunque
la luz y la oscuridad varíen;
sin saber bien qué estoy dejando
entrar, o qué estoy dejando fuera.

Patrick Moran, Tipperary, Irlanda
[sin datos de nacimiento]
Versión © Gerardo Gambolini
imagen: s/d


Routines

Every night, I close the windows.
Draw the curtains, lock the door;
Check that immersion and heat are off,
Empty the rubbish, rake the fire.

And each morning I undo it all:
Listening to drapes slide back on rails;
Opening the windows to fresh air;
Sifting ashes for the still-live coals...

Routines to which I cling, even
Through the varying dark and light;
Hardly knowing what I’m letting
In, or what I am shutting out.



Pasó antes, durante años,

cuando salía a beber, o a recorrer
night-clubs para aliviar su ansia de mujeres,
dejaba, como resguardo, perros ladrando,

la TV a todo volumen, y las luces prendidas
que alumbraban incluso los cobertizos vacíos
del fondo, el tractor descolorido y oxidado...

Demasiado tarde para eso, decían. Demasiado tarde.
Todo el mundo sabía que se había ido.
Y no en ese momento, sino hacía mucho.

Patrick Moran, Tipperary, Irlanda
Versión © Gerardo Gambolini


Retrospect

For years before it happened,

when he’d go out boozing, or scouring
nightclubs to ease his itch for women,
he’d leave, as safeguards, yelping dogs,

the TV blaring; and lights on
that burnished even the backyard’s
idle sheds, the rust-dulled tractor...

Too late for that, they’d said. Too late.
Everyone knew he’d gone away.
And not just then, but long ago.


lunes, 6 de febrero de 2012

Jane Hirshfield





Las ballenas siguen
las rutas de las ballenas.
Los gansos,
rutas de aire magnetizado.

Para ir lejos
las precisiones importan.

Pero cuántas veces
el corazón
que parte hacia Perú
llega a China,

timoneando firme.
Consultando las cartas
toda la travesía.

Jane Hirshfield, New York, Estados Unidos, 1953
Versión © Gerardo Gambolini
imagen: Public Domain image


China

Whales follow
the whale-roads.
Geese,
roads of magnetized air.

To go great distance,
exactitudes matter.

Yet how often
the heart
that set out for Peru
arrives in China,

Steering hard.
Consulting the charts
the whole journey.



Los poemas que no hemos leído
deben ser los más intensos:
imperfectos, extremos.
Como pasa con el amor, sus días, sus noches.
Está en la cima de la montaña
y busca más montaña, puntos más empinados.
El descenso una idea imposible de imaginar.

Jane Hirshfield, New York, Estados Unidos, 1953
Versión © Gerardo Gambolini


The Lost Love Poems of Sappho

The poems we haven’t read
must be her fiercest:
imperfect, extreme.
As it is with love, its nights, its days.
It stands on the top of the mountain
and looks for more mountain, steeper pitches.
Descent a thought impossible to imagine.



A veces en la vida —cualquier vida—
llega un momento, llega una decisión,
y entonces lo esencial ocurre o no.

Quizás la sopa tiemble de repente en su cuchara,
atrapada entre el plato y la boca,
y entonces la mano se afirma.

La sopa no sabe de la decisión. Se enfría.

La cuchara no sabe.

La mano lo siente, lo siente, pero la mano no sabe.

La mano se pone otra vez firme o no.
Y en ese instante, de toda la vida, se toma la decisión.

Así Virgilio, un mediodía, concibió la Eneida
y nada se alteró a su alrededor,
ni el trino de las aves —
alondras, mirlos — ni el curso del Tíber.

Augusto murmura “¿Actium?” y nada cambia.
Un soldado que morirá allí por uno de los bandos arregla su huerto.
Un soldado que morirá por el otro juega a la escondida con sus hijos.

¿Dónde se registra en los anales un momento de esos, entonces?

No en las estrellas indiferentes.
No en el gato que echa un vistazo,
cansado de la quietud de la habitación, ahora más pronunciada,
y de su única mano, lenta.

Es así en toda la tierra.
Gatos aburridos, aves cuyo aparente abandono
es su destino, no simple para ellos, aconteciendo.

El mosquito pica
al poderoso o al condenado y se alimenta igual.

Pero lo que ahora ocurrirá o no
fue entretanto decidido, menos sus cinco microlitros de sangre.
Cosa que no le importa a nadie todavía,
porque aún no ha ocurrido nada, nada se sabe.

Pero en este momento el mosquito está feliz,
porque el hambre que lo hizo además su vehículo ha sido satisfecha.

Jane Hirshfield, New York, Estados Unidos, 1953
versión © Gerardo Gambolini


A Moment Travels the Visible Fraction at Dusk and Is Gone

A few times in a life—any life—
a moment comes, a decision comes,
and then the essential thing happens or it does not.

It may be the soup suddenly trembles in its spoon,
caught between soup bowl and mouth,
and then the hand steadies.

The soup does not know the decision. It cools.

The spoon does not know.

The hand feels it, it feels it, but the hand does not know.

The hand grows steady again or it does not.
And in this instant, in all a life, the decision is made.

Thus Virgil, one midday, conceived the Aeneid,
and nothing altered around him,
not the chatter of songbirds—
nuthatches, thrushes—not the course of the Tiber.

Augustus murmurs “Actium?” and nothing changes.
A soldier who will die there on one side tends to his garden.
A soldier who will die for the other plays hide-and-seek with his sons.

Where then is such a moment registered in the annals?

Not in the dispassionate stars.
Not in the house cat who glances over,
bored with the room’s now-steepening stillness
and its one, slow-moving hand.

So it is all over the earth.
Bored cats, birds whose seeming abandon
is their own fate, unsimple to them, going on.

A mosquito drinks
from the powerful or the lost and is equally fed.

Yet the thing that now will happen or not
has been meanwhile decided, less its five microliters of blood.
Which does not as yet matter to anyone,
for as yet nothing has happened, nothing is known.

But the mosquito this moment is happy,
for hunger which made her also its vehicle has been fulfilled.




sábado, 4 de febrero de 2012

Jacques Prévert // 3 canciones






Le tendre et dangereux visage de l’amour
M’est apparu un soir après un trop long jour
C’était peut-être un archer avec son arc
Ou bien un musicien avec sa harpe
Je ne sais plus...
Je ne sais rien…
Tout ce que je sais c’est qu’il m’a blessé
Peut être avec une flèche
Peut-être avec une chanson
Tout ce que je sais c’est qu’il m’a touché
Qu’il m’a touché blessé au cœur
Et pour toujours
Brulante trop brulante blessure de l’amour


El tierno y peligroso rostro del amor

El tierno y peligroso rostro del amor
Después de un largo día, una noche apareció
Quizás fuera un arquero con su arco
O un músico, acaso, con su harpa...
Ya no lo sé...
Yo no sé nada...
Sólo sé que me hirió
Quizás con una flecha
Tal vez una canción
Sólo sé que me tocó
Que me hirió en el corazón
Y para siempre
Ardiente demasiado ardiente herida del amor.



Démons et merveilles
Vents et marées
Au loin déjà la mer s’est retirée
Démons et merveilles
Vents et marées
Et toi
Comme une algue doucement carressée par le vent
Dans les sables du lit tu remues en rêvant
Démons et merveilles
Vents et marées
Au loin déjà la mer s’est retirée
Mais dans tes yeux entrouverts
Deux petites vagues sont restées
Démons et merveilles
Vents et marées
Deux petites vagues pour me noyer.


Arenas movedizas

Demonios y maravillas
Mareas y vientos 
El mar ya se ha retirado lejos 
Y tú
Como un alga suavemente acariciada por el aire
En las arenas del lecho te meces entre sueños
Demonios y maravillas
Mareas y vientos 
El mar ya se ha retirado lejos
Pero en tus ojos entreabiertos
Dos olitas pequeñas se han quedado 
Demonios y maravillas
Mareas y vientos
Dos olitas pequeñas, para ahogarme.



Tristes enfants perdus nous errons dans la nuit
Où sont les fleurs du jour
Les plaisirs de l’amour
Les lumières de la vie?

Tristes enfants perdus nous errons dans la nuit
La lune blanche et nue dans le ciel nous poursuit
Son sourire est glacé
Nos cœurs glacées aussi

Tristes enfants perdus nous errons dans la nuit
Le diable nous emporte sournoisement avec lui
Le diable nous emporte loin de nos belles amies
Notre jeunesse est morte
Et nos amours aussi


El lamento de Gilles

Tristes criaturas perdidas, erramos en la noche
¿Dónde están las flores del día
Los placeres del amor
Las luces de la vida?

Tristes criaturas perdidas, erramos en la noche
Desnuda y blanca en el cielo, la luna nos sigue
Es fría su sonrisa
Frío también es nuestro corazón

Tristes criaturas perdidas, erramos en la noche
El diablo nos lleva astutamente con él
El diablo nos lleva lejos de nuestra amada
Nuestra juventud ha muerto
Nuestros amores también


Jacques Prévert, Francia, 1900-1977
canciones de Les Visiteurs du Soir (Marcel Carné, 1942)
versiones de Gerardo Gambolini

Al menos dos de las canciones, con música de Maurice Thiriet, se pueden escuchar en youtube: Sables mouvantes (Démons et merveilles) en  http://www.youtube.com/watch?v=SjQ7VP4mXvk, en versiones sucesivas de Michèle Arnaud (la mejor a mi juicio), Cora Vaucaire, Jacques Douai y Nicole Louvier (esta última quizás olvidable), y Le tendre et dangereux... , por Jaques Douai, en http://www.youtube.com/watch?v=3l_nH4Kf9Ms. O una versión à la Rinaldi, de Catherine Sauvage, en http://www.youtube.com/watch?v=nTYECJk1IZ4

Hay un disco de pasta de “Canciones de Jacques Prévert”, sacado en los ‘60 por el sello Alarcón, con excelentes versiones de Kosma-Prévert, además de las canciones de esta entrada. Y, de paso, la película es una joya.



viernes, 3 de febrero de 2012

Fernando Pessoa // Alberto Caeiro




XXXIX

¿El misterio de las cosas, dónde está?
¿Dónde está que no aparece
Por lo menos a mostrarnos que es misterio?
¿Qué sabe el río de eso y qué sabe el árbol?
¿ Y yo, que no soy más que ellos, qué sé de eso?
Siempre miro las cosas y pienso en lo que
    los hombres piensan de ellas,
Río como un arroyo que suena fresco entre las
    piedras.

Porque el único sentido oculto de las cosas
Es que no tienen ningún senido oculto,
Es más extraño que todas las extrañezas
Y que los sueños de todos los poetas
Y los pensamientos de todos los filósofos,
Que las cosas sean realmene lo que parecen ser
Y no haya nada que comprender.

Sí, es lo que mis sentidos aprendieron solos:
Las cosas no tienen significado: tienen existencia.
Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.


Fernando Pessoa, Lisboa, 1888-1935
De El pastor [como Alberto Caeiro]
Fernando Pessoa, Poemas, Ed. Fabril, Bs. As., 1972
Traducción de Rodolfo Alonso
imagen: Fernando Pessoa, pintura de Hermenegildo Sábat


XXXIX

O mistério das coisas, onde está ele?
Onde está ele que não aparece
Pelo menos a mostrar-nos que é mistério?
Que sabe o rio e que sabe a árvore
E eu, que não sou mais do que eles, que sei disso?
Sempre que olho para as coisas e penso no que os homens pensam delas,
Rio como um regato que soa fresco numa pedra.

Porque o único sentido oculto das coisas
É elas não terem sentido oculto nenhum,
É mais estranho do que todas as estranhezas
E do que os sonhos de todos os poetas
E os pensamentos de todos os filósofos,
Que as coisas sejam realmente o que parecem ser
E não haja nada que compreender.

Sim, eis o que os meus sentidos aprenderam sozinhos: —
As coisas não têm significação: têm existência.
As coisas são o único sentido oculto das coisas.


jueves, 2 de febrero de 2012

Gerardo Lewin






A Héctor Urruspuru


Amor, ya no me encierres esta noche.

Yo, que fui una bestia atroz,
que quise matar gente,
me echaría a tus pies
como un animalito amable.

Licántropo,
podría haberte dicho aullando
que las balas de plata
eran sólo metáforas.
¿lo hubieras comprendido?

Oscurece. No mires este rito:
es un proceso lento y vergonzoso,
es una amnesia deformante
en la que todo duele,
una torcida danza de gruñidos.

Vete. No quiero salpicarte de ruindad.

Yo fui una fuerza libre,
una voracidad para comerme el mundo.
Hoy, miserable, voy robando
bolsitas de eukanuba en el súper

y eso que está en el vaso
son mis dientes.

Gerardo Lewin, Buenos Aires, Argentina, 1955.
de Nombres impropios  [inédito]
imagen: de poesiadelmondongo.blogspot.com




Recibo la visita de un extraño,
un anciano implorante
que golpea a mi puerta
y dice conocerme.
No recuerda de dónde.

En el silencio de la casa
sus frases son incomprensibles,
como si hablara otro idioma
con las mismas palabras.

- Hubo un error - dice.
O quizás un desvío,
una mala elección.

Ahora se mesa los cabellos. Llora.

Me extiende un trozo de papel
en el que leo:
No existe otro pasado
que aquel que mantuvimos,
ese instante de amor
que decidimos legar a las posteridades,
a distintos futuros
que llegaran con ansias, con reclamos
a decirnos: soy tuyo.

Se ha quedado dormido.
Ronca, desapacible.

Qué voy a hacer con este viejo,
me pregunto.

Como una obviedad más,
escucho - nítido - el tictac del reloj,
retrocediendo.

Gerardo Lewin, Buenos Aires, Argentina, 1955.



martes, 31 de enero de 2012

Jorge L. Borges




Rosas

En la sala tranquila
cuyo reloj austero derrama
un tiempo ya sin aventuras ni asombro
sobre la decente blancura
que amortaja la pasión roja de la caoba,
alguien, como reproche cariñoso,
pronunció el nombre familiar y temido.
La imagen del tirano
abarrotó el instante,
no clara como un mármol en la tarde,
sino grande y umbría
como la sombra de una montaña remota
y conjeturas y memorias
sucedieron a la mención eventual
como un eco insondable.
Famosamente infame
su nombre fue desolación en las casas,
idolátrico amor en el gauchaje
y el horror del tajo en la garganta.
Hoy el olvido borra su censo de muertes,
porque son venales las muertes
si las pensamos como parte del Tiempo,
esa inmortalidad infatigable
que anonada con silenciosa culpa las razas
y en cuya herida siempre abierta
que el último dios habrá de restañar el último día,
cabe toda la sangre derramada.
No sé si Rosas
fue solo un ávido puñal como los abuelos decían;
creo que fue como tú y yo
un hecho entre los hechos
que vivió en la zozobra cotidiana
y dirigió para exaltaciones y penas
la incertidumbre de otros.

Ahora el mar es una larga separación
entre la ceniza y la patria.
Ya toda la vida, por humilde que sea,
puede pisar su nada y su noche.
Ya Dios lo habrá olvidado
y es menos una injuria que una piedad
demorar su infinita disolución
con limosnas de odio.

Jorge L. Borges, Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986
imagen: La Batalla de Caseros – fuente: kalipedia.com
de Fervor de Buenos Aires, 1922




Líneas que pude haber escrito y perdido hacia 1922

Silenciosas batallas del ocaso
en arrabales últimos,
siempre antiguas derrotas de una guerra en el cielo,
albas ruinosas que nos llegan
desde el fondo desierto del espacio
como desde el fondo del tiempo,
negros jardines de la lluvia, una esfinge en un libro
que yo tenía miedo de abrir
y cuya imagen vuelve en los sueños,
la corrupción y el eco que seremos,
la luna sobre el mármol,
árboles que se elevan y perduran
como divinidades tranquilas,
la mutua noche y la esperada tarde,
Walt Whitman, cuyo nombre es el universo,
la espada valerosa de un rey
en el silencioso lecho de un río,
los sajones, los árabes y los godos
que, sin saberlo, me engendraron,
¿soy yo esas cosas y las otras
o son llaves secretas y arduas álgebras
de lo que no sabremos nunca?

Jorge L. Borges, Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986
de Fervor de Buenos Aires, 1922