sábado, 17 de noviembre de 2012

Fernando Pessoa






Lidia, ignoramos. Somos extranjeros
Donde quiera que estemos.
Lidia, ignoramos. Somos extranjeros
Donde quiera que vivamos, todo es ajeno
Y no habla nuestra lengua.
Hagamos de nosotros el retiro
Donde escondernos, temerosos del insulto
Del tumulto del mundo.
¿Qué más quiere el amor que no ser de los otros?
Como un secreto dicho en los misterios,
Sea sagrado por nuestro.


Lídia, ignoramos...

Lídia, ignoramos. Somos estrangeiros
Onde que quer que estejamos.
Lídia, ignoramos. Somos estrangeiros
Onde quer que moremos, tudo é alheio
Nem fala língua nossa.
Façamos de nós mesmos o retiro
Onde esconder-nos, tímidos do insulto
Do tumulto do mundo.
Que quer o amor mais que não ser dos outros?
Como um segredo dito nos mistérios,
Seja sacro por nosso.



No tengas nada en las manos...

No tengas nada en las manos
Ni un recuerdo en el alma,

Que cuando te pongan
El último óbolo en las palmas

Al abrirte las manos
Nada se te caerá.

¿Qué trono te quieren dar
Que Átropos no te quite?

¿Qué laureles que no se marchiten
En los arbitrios de Minos?

Qué horas que no te vuelvan
De la talla de la sombra

Qué serás cuando estés
En la noche y al fin del camino

Recoge las flores pero suéltalas apenas
las hayas mirado.

Siéntate al sol. Abdica
Y sé rey de ti mismo.


Não tenhas nada nas mãos...

Não tenhas nada nas mãos
Nem uma memória na alma,

Que quando te puserem
Nas mãos o óbolo último,

Ao abrirem-te as mãos
Nada te cairá.

Que trono te querem dar
Que Átropos to não tire?

Que louros que não fanem
Nos arbítrios de Minos?

Que horas que te não tornem
Da estatura da sombra

Que serás quando fores
Na noite e ao fim da estrada.

Colhe as flores mas larga-as
Das mãos mal as olhaste.

Senta-te ao sol. Abdica
E sê rei de ti próprio.




Fernando Pessoa, Lisboa, Portugal, 1888-1935
imagen: Átropos cortando el hilo de la vida - fuente: Wikipedia 

Versiones © Gerardo Gambolini


sábado, 10 de noviembre de 2012

Eugenio Montejo





Hotel antiguo

Una mujer a solas se desnuda,
pared por medio, en el hotel antiguo
de esta ciudad remota donde duermo.

Abren las sedas un rumor disperso
que se mezcla al follaje
de los helechos en el aire.

Se oyen llaves que giran en un cofre,
jadeos ahogados, prendas,
la inocencia de gestos solitarios
que beben los espejos.

A su tiempo la noche se desnuda
y las calles apiladas se doblan
en un vasto ropaje
con la fatiga de un final de fiesta.

Una mujer a solas tras los muros,
unos pasos, un oscuro deseo,
hasta mí llega de otro mundo
como alguien que he amado y que me habla
desde un ataúd lleno de piedras.



Islandia y lo lejos que nos queda,
con sus brumas heladas y sus fjordos
donde se hablan dialectos de hielo.

Islandia tan próxima del polo,
purificada por las noches
en que amamantan las ballenas.

Islandia dibujada en mi cuaderno,
la ilusión y la pena (o viceversa).

¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?

Es este sol de mi país
que tanto quema
el que me hace soñar con sus inviernos.
Esta contradicción ecuatorial
de buscar una nieve
que preserve en el fondo su calor,
que no borre las hojas de los cedros.

Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.
A muchos grados bajo cero.
Voy a plegar el mapa para acercarla.
Voy a cubrir sus fjordos con bosques de palmeras.


Escritura

Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.


Eugenio Montejo, Caracas, Venezuela, 1938 – Valencia, España, 2008
imagen: Eugenio Montejo, fotografía de Natalia Brand


sábado, 3 de noviembre de 2012

Langston Hughes






La calma,
apacible cara del río
me pidió un beso.


Suicide’s Note

The calm,
Cool face of the river
Asked me for a kiss. 




He conocido ríos:
he conocido ríos viejos como el mundo y más viejos
que el flujo de la sangre en las venas humanas.

Mi alma se ha vuelto profunda como los ríos.

Me bañé en el Éufrates cuando las albas eran jóvenes.
Construí mi choza cerca del Congo, que me arrullaba para dormir.
Consideré el Nilo y levanté las pirámides junto a él.
Oí el canto del Mississippi cuando Abe Lincoln
            bajó a New Orleans, y vi su lecho barroso
            volverse dorado al atardecer.

He conocido ríos:
ríos antiguos, polvorientos.

Mi alma se ha vuelto profunda como los ríos.


The Negro Speaks of Rivers

I’ve known rivers:
I’ve known rivers ancient as the world and older than the
     flow of human blood in human veins.

My soul has grown deep like the rivers.

I bathed in the Euphrates when dawns were young.
I built my hut near the Congo and it lulled me to sleep.
I looked upon the Nile and raised the pyramids above it.
I heard the singing of the Mississippi when Abe Lincoln
     went down to New Orleans, and I’ve seen its muddy
     bosom turn all golden in the sunset.

I’ve known rivers:
Ancient, dusky rivers.

My soul has grown deep like the rivers.




Te pregunto esto:
¿qué camino seguir?
Te pregunto esto:
¿qué pecado cargar?
¿qué corona poner
en mi cabello?
Yo no lo sé,
Señor,
yo no lo sé.


Prayer

I ask you this:
Which way to go?
I ask you this:
Which sin to bear?
Which crown to put
Upon my hair?
I do not know,
Lord God,
I do not know.




Volví al callejón
y abrí mis puertas
no había nada de su ropa
ella ya no estaba en casa

corrí las mantas
y me acosté en la cama
todo un montón de espacio
era lo único que tenía


Homecoming

I went back in the alley
And I opened up my doors
All her clothes was gone
She wasn’t home no more

I pulled back the covers
I made down the bed
A Whole lot of room
Was the only thing I had


Langston Hughes, Estados Unidos, 1902-1967
versiones © Gerardo Gambolini
imagen: Wikipedia


domingo, 28 de octubre de 2012

Jorge Luis Borges




Reverso

Recordar a quien duerme
es un acto común y cotidiano
que podría hacernos temblar.
Recordar a quien duerme
es imponer a otro la interminable
prisión del universo,
de su tiempo sin ocaso ni aurora.
Es revelarle que es alguien o algo
que está sujeto a un nombre que lo publica
y a un cúmulo de ayeres.
Es inquietar su eternidad.
Es cargarlo de siglos y de estrellas.
Es restituir al tiempo otro Lázaro
cargado de memoria.
Es infamar el agua del Leteo.


Ceniza

Una pieza de hotel, igual a todas.
La hora sin metáfora, la siesta
que nos disgrega y pierde. La frescura
del agua elemental en la garganta.
La niebla tenuemente luminosa
que circunda a los ciegos, noche y día.
La dirección de quien acaso ha muerto.
La dispersión del sueño y de los sueños.
A nuestros pies un vago Rhin o Ródano.
Un malestar que ya se fue. Esas cosas
demasiado inconspicuas para el verso.


Jorge Luis Borges, Buenos Aires, 1899- Ginebra, 1986
imagen: Thomas Benjamin Kennington, The Waters of Lethe, 1890



jueves, 18 de octubre de 2012

Ben Suhayd







Cuando, llena de su embriaguez, se durmió, y se
durmieron los ojos de la ronda,
me acerqué a ella
tímidamente, como el amigo que busca el contacto furtivo
con disimulo.

Me arrastré hacia ella insensiblemente como el sueño;
me elevé hacia ella dulcemente como el aliento.

Besé el blanco brillante de su cuello; apuré
el rojo vivo de su boca.

Y pasé deliciosamente mi noche con ella, hasta que
sonrieron las tinieblas, mostrando los blancos dientes
de la aurora.


Ben Suhayd, Córdoba, Andalucía, 992-1034
imagen: s/d



martes, 16 de octubre de 2012

Carlos Drummond de Andrade






Algunos años viví en Itabira.
Principalmente nací en Itabira.
Por eso soy triste, orgulloso: de hierro. 
Noventa por ciento de hierro en las calzadas.
Ochenta por ciento de hierro en las almas.
Y ese enajenarse de lo que en la vida es porosidad y comunicación.

La gana de amar, que me paraliza el trabajo,
viene de Itabira, de sus noches blancas, sin mujeres y sin horizontes.

Y el hábito de sufrir, que tanto me divierte,
es dulce herencia itabirana.

De Itabira traje prendas diversas que ahora te ofrezco:
este San Benito del viejo santero Alfredo Duval;
esta piedra de hierro, futuro acero del Brasil;
este cuero de anta, extendido en el sofá de la sala de visitas;
este orgullo, esta cabeza baja...

Tuve oro, tuve ganado, tuve haciendas.
Hoy soy funcionario público.
Itabira es apenas una fotografía en la pared.
¡Pero cómo duele!


Carlos Drummond de Andrade, Brasil, 1902-1987
Traducción de Rodolfo Alonso
Imagen: estatua de Drummond de Andrade en Itabira




Y así nos dejó nuestro amigo Aníbal M. Machado:
con la gentileza de costumbre,
de los cercanos despidiéndose sereno, a los distantes
mandando recuerdos.
            Recibió a la muerte como recibía a los amigos, a los
viajeros y a los perseguidos políticos en la casa blanca de
Visconde de Pirajá.
            La muerte se sentó en la mejor poltrona, probó el 
batido de maracuyá, animadamente conversaron; noches y
noches.
            Hablaron del Rio das Velhas, que él llevaba en el 
bolsillo, porque era montañés de la orilla del agua, alegre,
diferente de los comprovincianos;
           de Nova Granja y Vassouras, estaciones de relax; del
desván de la calle Tupis de Belo Horizonte, en cuyo sótano
él se llamó Antonio Verde y ensayó sus primeras magias.
          Pues dicen que fue ofcial de gabinete, promotor 
público, profesor de literatura, ofcial de la 5ª Circunscripción
del Registro Civil; 
           pero lo que fue justa y exclusivamente es mago no
sindicalizado,
           y para percibir esa condición bastaba reparar en su
figura pequeñita, eléctrica, de elfo benigno,
           y en las palabras delante de la voz, palomas apuradas.
           Una de sus magias, y no de las voluminosas, fue
llegar cerca de los 70 pareciendo no tener aliento para 20;
           y mientras los otros distribuyen sus dolencias, él
distribuía su sensualidad saludable de vivir y de interesarse
estética y concretamente por la vida;
la vida, en su totalidad; en movimiento, forma y 
pintura, en carne, hueso, injusticia, amor;
la vida que él quería limpia y vivible para todos
(pero eso ya no depende de los magos).
Así, a muchos ayudó a vivir, y a no sé cuántos salvó
de sí mismos, del tedio, de la soledad y de la sequedad, 
pues todo él era una casa, con mesa puesta y luz
encendida, 
para el desesperado y el ebrio,
            probando que la ciudad no es laberinto del infierno
si en ella florecen el domingo feérico dentro del domingo,
la paciencia y la sonrisa.
Entonces, sabiendo de eso y de alguna otra cosa, la
muerte no podría asustarlo ni humillarlo, 
pues ya lo probara de modos diversos, inclusive en
el avión del que se desprendió la hélice,
y en cuyo interior, él, sin flaquear, amparó al
compañero de piernas mutiladas, en agonía.
Es que, llegada la hora, la muerte fue una visita
entre otras, al hombre que recibía doscientas mil visitas,
inclusive a las molestas, y no era presidente de nada.
Y así fueron dialogando, él con su boina, ella con su
hoz escondida.
Aquí afuera llegaba el eco apagado de la conversación.
(En la ventana del sanatorio, el ramo de flores, mensaje
al mundo.)
            A una palabra de Selma, de Lúcia o de Lucas, nos
enterábamos de que todo se cumplía con simplicidad y
decencia,
a la manera de los Machado; y pensábamos en las
seis Marías: Celina, Clara, Ana, Luisa, Ethel, Araci;
especialmente en María Clara, obra maestra de Aníbal,
que le pasó la vara de prodigios;
en los cuentos, en los poemas, en las llamadas telefónicas,
en Chaplin, su hermano mayor, en João Ternura, su
hermano más joven;
y sentíamos que, postrado en la cama y conducido al
despojamiento final,
él continuaba siendo el más joven, el más alegre de
todos,
de suerte que no sabemos todavía si murió efectivamente
o si es apenas una de sus magias.


Carlos Drummond de Andrade, Brasil, 1902-1987
Traducción de Rodolfo Alonso


jueves, 11 de octubre de 2012

William Wall






nuestro elemento es el agua
prosperan el sauce y el alizo
el frío del espino

brillando en la corteza oscura
la punta de lengua
del endrino

la aulaga inflamada de amarillo
en los días de verano grises
la luz viene de otro mundo

y el trueno arrolla  
nuestro aire soñoliento
como todo lo demás

el fuego vino de extraños
(para partir piedras
y hervir agua)

creíamos que eran dioses
no avanzamos mucho
desde entonces

nos ponemos en cuclillas al lado de los arroyos
a contar bellas mentiras
y ver arder las laderas


William Wall, Cork, Irlanda, 1955
Versión © Gerardo Gambolini
imagen: s/d


The Coming Of Fire To Ireland

water is our element
The alder and the sally thrive
the whitethorn’s cold

glowing on dark skin
the tonguetip
of the blackthorn

the yellowflamed furze
on sullen summer days
light comes out of another world

and thunder puts its spin
on our drowsy air
like everything else

fire came from strangers
(to crack stones
and boil water)

we thought they were gods
since then we have not
gone far

we hunker by the streams
telling elaborate lies
and watching the hillsides burn




bajo la colcha a rayas
te quedas dormida
y tu cabeza se apaga
nadie ha
perfeccionado el arte
del transplante de cabeza
debería despertarte
mientras aún hay tiempo
amo tu cabeza soñolienta


William Wall, Cork, Irlanda, 1955
Versión © Gerardo Gambolini


The Transplant

under our striped quilt
you are sleeping
your head off
no one has
perfected the art
of head transplant
I should wake you
while there is still time
I love your sleepy head




Los aviones pasan de noche sobre nuestra casa.
tres luces, ligeramente escoradas al este,
& el ruido de movimiento las sigue brevemente
hasta las estrellas.

A veces nos tomamos de la mano en el banco del jardín
como amantes victorianos a la espera de un eclipse
que dé privacidad, psicólogos del aire, temblando
            con cada cambio del viento.

Imaginamos a los pasajeros, las caras blanqueadas
contra el vidrio, descendiendo a la sordera.
Miran abajo, las bayas radiantes
            de nuestros setos.
            Nosotros somos sus estrellas.


William Wall, Cork, Irlanda, 1955
Versión © Gerardo Gambolini


Radiance

The jets fly over our house at night.
three lights, heeled slightly to the east,
& the noise of movement follows them
briefly into the stars.

Sometimes we hold hands on the garden-seat
like Victorian lovers waiting for an eclipse
for privacy, psychologists of air, trembling
at every windchange.

We imagine the passengers, faces bleached
against the glass, descending into deafness.
They are looking down at the radiant berries
of our cotoneasters.
We are their stars.


domingo, 7 de octubre de 2012

Hans Magnus Enzensberger






Después, como siempre, todo el mundo lo había visto venir,
excepto nosotros, los muertos. Después abundaron
los presagios, los rumores y las versiones cinematográficas.
Alguien mencionó las carreras de perros
celebradas en la cubierta C, deporte bastante raro
para un barco; habían preparado liebres metálicas
con pintura brillante, movidas por un ingenioso mecanismo,
para incitar a los galgos a realizar esfuerzos ilícitos;
se cuenta que muchos pasajeros menesterosos perdieron
sus últimas guineas en este monótono pasatiempo. Y qué decir
de la grieta en la campana del barco, y del hecho
de que se había tornado agrio el burdeos Château Larose del 88
utilizado en el bautismo del barco; la conducta misteriosa
de las ratas en Queenstown, última escala del viaje;
y el silenciado caso de la furia sanguinaria
en la capilla del barco. Ominosos accidentes,
vicios innombrables; pero ¿por qué hemos de cargar
con la culpa? ¿Cómo sospechar que se daban latigazos
a las duquesas debajo de las mesas de juego? ¿Que las niñas
menores de edad pedían auxilio por los conductos
de ventilación y que en los baños turcos había hermafroditas
mostrando sus orificios? Ahora, retrospectivamente,
todo el mundo alega haber oído el sonido de un órgano,
sin que lo tocaran manos humanas, y que pasó la noche
emitiendo profanas tonadas, como última advertencia
a todos nosotros.
«Divina Némesis» ¡Fácil decirlo una vez ocurrido!
Las penúltimas palabras de un grave caballero
poco antes de hacernos a la mar:
¡Ni Dios mismo podría hundir este barco! Bueno,
no lo oímos. Estamos muertos. Nada sabíamos.




Aquí tienes una caja,
una caja grande
con una etiqueta que dice
caja.
Ábrela,
y dentro encontrarás una caja,
con una etiqueta que dice
caja dentro de una caja cuya etiqueta dice
Mira adentro
(de esta caja,
no de la otra)
y encontrarás una caja
con una etiqueta que dice...
y así sucesivamente,
y si sigues así,
encontrarás
tras esfuerzos infinitos
una caja infinitesimal
con una etiqueta
tan diminuta,
que lo que dice
se disuelve ante tus ojos.
Es una caja
que sólo existe
en tu imaginación.
Una caja
perfectamente vacía.




Calado hasta los huesos, diviso gentes con baúles chorreantes.
Los veo, de pie sobre un plano inclinado, recostados al viento.
Bajo una lluvia oblicua, borrosos, al borde del abismo.
No, no es un sexto sentido. Es el tiempo,
el mal tiempo el que los empalidece. Les advierto,
les grito, por ejemplo,
señoras y señores, andáis por mal camino, estáis al
borde del abismo.
Pero sólo me otorgan una débil sonrisa y responden altivos:
Gracias, lo sabemos.

Me pregunto si se trata de unas cuantas docenas de personas,
¿o está allí todo el género humano, sobre un barco
decrépito, digno de la chatarra, dedicado tan sólo
a una causa, el naufragio?
Lo ignoro. Yo chorreo y escucho. Es difícil
decir quiénes son estas gentes asidas a un baúl,
a un talismán de color puerro, a un dinosaurio, a una corona
de laurel.

Les oigo reír y les grito palabras incomprensibles.
Aquel desconocido con la cabeza envuelta en periódicos mojados
supongo que sea K, un viajante vendedor de galletas;
de aquel barbudo no tengo la más ligera idea; el hombre del
pincel se llama Salomón P, la dama que estornuda sin cesar
es de seguro Marylin Monroe;
pero el hombre de blanco, el que sostiene un manuscrito
envuelto en una tela negra, encerada, seguramente es Dante.
Esas gentes rebosan esperanzas, están llenas de una energía criminal.
Bajo la lluvia a cántaros, se ponen a pasear sus dinosaurios,
abren y cierran sus maletas mientras cantan a coro:
«El trece de mayo el mundo se hundirá,
todo acabará, todo acabará.»
Es difícil decir quién se ríe, quién me observa, quién no,
en esta niebla, a no sé qué distancia del abismo.

Los veo hundirse poco a poco y les grito:
Veo cómo os hundís poco a poco.
Y no hay respuesta. En lejanos barcos, leves y corajudos,
suenan las orquestas. Todo es tan lamentable; no me gusta mirar
como mueren empapados en la lluvia y la niebla. Es tan penoso.
Les podría gritar, les grito: «Pero nadie sabe
en qué año acabará el mundo; ¿no es maravilloso?»

¿Pero a dónde fueron los dinosaurios? ¿Y de dónde provienen
aquellas miles y decenas de miles de maletas empapadas,
flotando a la deriva, sobre las aguas?
Nado y gimo.
Todo, como de costumbre, gimo, todo bajo control,
todo sigue su curso, todos, sin duda, se habrán ahogado
en la lluvia sesgada, es una pena, ¿y qué? ¿por qué gemir?
Lo raro, lo difícil de explicar, es: ¿por qué sollozo
y sigo nadando?


H. Magnus Enzensberger, Alemania, 1929
de El hundimiento del Titanic [der Untergang der Titanic]
traducción de Heberto Padilla
imagen: Der Untergang der Titanic, grabado del profesor Willy Stöwer, 1912.




jueves, 27 de septiembre de 2012

Eleni Vakaló // Dinos Christianópulos






Un día mi hijo mayor dijo
“Esta noche volveré tarde a casa”.

Hice dormir a los pequeños
y creo que entonces miré nuestra casa
por primera vez.

Era vieja
y en el invierno con las lluvias habría goteras.



Mi padre tenía un ojo de vidrio.

Los domingos cuando estaba en casa, sacaba de su bolsillo
varios ojos, los lustraba con el borde de la manga y
llamaba a mi madre para que eligiera. Mi madre reía.

Por las mañanas mi padre estaba contento. Jugaba con el
ojo en su palma antes de ponérselo y decía que era
un buen ojo. Pero yo no lo quería creer.

Me ponía un chal oscuro sobre los hombros como si tuviera
frío y espiaba. Un día por fin lo vi llorar. No había
ninguna diferencia con un ojo verdadero.


Eleni Vakaló, Grecia, 1921-2000
Poesía Griega Moderna, Ed. Vinciguerra, Bs. As., 1997.
Trad. Horacio Castillo




Era hermosa aquella tarde con la interminable discusión en
la vereda.
Los pájaros gorjeaban, pasaba la gente, corrían los automóviles.
Por la ventana de enfrente se oían cantos rembéticos* en la
radio y la niña de nuestro vecino cantaba su pena.
Se deshojaba la acacia y perfumaba el jazmín
y cerca de la muralla los chicos jugaban a la escondida
y las niñas hacían girar la cuerda — 
jugaban cerca de la muralla y no sabían de la muerte, 
jugaban cerca de la muralla y no sabían del remordimiento,
y yo amé mucho a los hombres aquella tarde,
no sé por qué, los amé mucho, como un moribundo.


* rembético: especie de canto popular



Aquellos que amaste
uno tras otro desaparecieron
el árbol quedó otra vez sin hojas

Es extraño cómo encuentra valor
y florece


Dinos Christianópulos, Grecia, 1931
Poesía Griega Moderna, Ed. Vinciguerra, Bs. As., 1997.
Trad. Horacio Castillo


martes, 25 de septiembre de 2012

Carla Faesler






“…y a los hombres ataban unas sogas por medio del cuerpo,
y cuando salían a orinar, los que los guardaban
teníanlos por la soga porque no se huyesen.”
Fr. Bernardino de Sahagún.
Historia general de las cosas de la Nueva España.


Será sacrificado el cautivo
Así, de la manera que aquí sigue:
primero, se le arrancan los cabellos,
sólo de coronilla, no los otros.

Se recogen en cajas los mechones
porque son las reliquias de este día.
Entonces se le lleva hacia el templo,
porque él será la ofrenda de la fiesta.

Hay veces que no quieren, van llorando,
y como que se caen por el camino.
Si no quieren subir, se les obliga

por los pelos. Así se les arrastra,
aunque cueste trabajo. Da coraje,
mas con la fiesta, luego uno se olvida.


La casa del investigador

Había en el florero un ramillete de brazos.

Mi amigo me había hablado
de un busto de cadáver sobre el piano,
que tenía una peluca.

Guardaba el anfitrión, para los niños,
en una estancia alegre y llena de color,
fetitos momificados con ropa de muñeca.

Noté algunas piernas de señorita
al pie de las puertas para impedir chiflones
y en su gran biblioteca, una pálida lengua
había sido adaptada como control de tele.

Varias nalgas servían de cojines en los amplios sillones de la sala.

Durante la comida, le pedí una cuchara
y abrió un largo cajón del trinchador
lleno de pies dispuestos, uno después del otro,
en cuyos muchos dedos se ordenaban, de plata, los cubiertos.

Tomamos el café en la terraza,
la sombrilla tenía color de pergamino.

Un intestino grueso servía como manguera
y una mano sin uñas hacía de rehilete sobre el pasto.

Para espantar las moscas,
en el techo giraban unos ventiladores
hechos con cuatro fémures y cueros cabelludos.

Como adorno en el baño,
ojos de mil colores bajo el agua,
en un bibelot de cristal cortado.

Estaba pensando en donar mi cuerpo,
cuando muera, a la ciencia.

Pero sería más útil dar mi computadora.



Sangra la carne expuesta entre las moscas
Dentro de las vitrinas

Muestran los cerdos sonrisas
Estremecidos hasta el miedo

Y sus ojos son difíciles al ojo

Entro a los olores saturada
Y extiendo el dinero al del cuchillo

Tres monedas mojadas me devuelven sus uñas

Me llevo una cabeza para reconstruir
La oreja, el hocico, la sonrisa.



En la tienda, la caja ronronea,
libera el cuerpo aquello que le falta:
feromonas y rosa adrenalina,
sonrisas de sustancias incoloras.

Es el nuevo color en los cabellos,
obligados al rizo, sometidos al rayo,
lejos del lacio oscuro que señala
el emblema más pobre. La industriosa

bondad de lo exitoso, ese blanco
compacto en las mejillas, sobre aquellas
facciones de vencidos ahora alegres,

maquillado su miedo y su fracaso,
cuya imagen por fin ya palidece,
del espejo del mundo eliminada.


Carla Faesler, México, 1967