jueves, 30 de diciembre de 2010

José María Álvarez / 4 poemas


The shadow line

No puedo ver las velas altas, capitán —Joseph Conrad

in memoriam Joseph Conrad


Sobre la playa el viento de Septiembre
abre extraños caminos. Silenciosas aves
del mar escoltan unos restos
y que las olas borrarán.
Algo que fue navío, soledad de delfín,
sueño de hombres.
Así el Arte.
Y las cenizas del amor.


Farsa italiana de la enamorada del rey

El enamorado recorre su camino a ciegas —Propercio

Tus labios están calientes —William Shakespeare


El firmamento giratorio es para mí como el oro de una sortija que todo lo ciñe y en la que tú eres la piedra preciosa —Ibn Hazm


Sé bella
Deja que el planeta camine hacia el hielo
Todo pasa menos la belleza
Clava en mis ojos tu bandera negra


Aymant

Como a Bennvenuto Cellini -hacia quien experimento mayor inclinación de la que tengo por los otros maestros del Quattrocento-, me gusta vagar por la arena abandonada por la marea, recogiendo conchas, guijas —Claude Lévi-Strauss


...Las viejas playas. A las que siempre
algo
te lleva. Como ningún otro latido
del mundo, esas orillas...

Caminas por el filo de las aguas. El sol que las traspasa,
ese velo cristalino,
y esas conchas
medio enterradas en la arena, y esas cintas
azules
que la luz dibuja.

No es tu memoria
quien reconoce,
donde existe depositada esa luz, esos colores,
estas orillas transparentes, la sensación
de la mar en tus dedos.
Es una dicha sin pasado. Sólo su instante
de exaltación, la
Vida
más allá
de lo comprensible.


Bezahar

Míos fueron, mi corazón,
los vuestros ojos morenos.
¿Quién los hizo ser ajenos?

—Cancionero anónimo

En estos tiempos que corren, provechoso es disponer de una mujer hermosa — Alessandra Mancinghi-Strozzi

Estas divertidas divagaciones levantaron por un momento su ánimo, y entregose a la contemplación — Joris-Karl Huysmans


El oro de la tarde
sobre el mar de tu cuerpo

El crepúsculo ardiendo en tu mirada

El ulular de sirenas de tus entrañas

Nuestras lenguas enlazándose como pájaros suntuosos

Contemplando tu belleza y mi deseo
acepto la vida

José María Álvarez, Cartagena, España, 1942
imagen: s/d

martes, 28 de diciembre de 2010

Fernando Pessoa


En la noche terrible, sustancia natural de todas las noches...

En la noche terrible, sustancia natural de todas las noches,
En la noche de insomnio, sustancia natural de todas mis noches,
Recuerdo, velando en modorra incómoda,
Recuerdo lo que hice y lo que podía haber hecho en la vida.
Recuerdo, y una angustia
Se derrama por mí como un frío del cuerpo o un miedo.
Lo irreparable de mi pasado: ¡ése es el cadáver!
Todos los otros cadáveres quizá sean ilusiones.
Todos los muertos quizá estén vivos en otra parte.
Todos mis propios momentos pasados quizá existan por ahí,
En la ilusión del espacio y del tiempo,
En la falsedad del devenir.
Pero lo que yo no fui, lo que no hice, lo que ni siquiera soñe;
Lo que sólo ahora veo que debería haber hecho,
Lo que sólo ahora claramente veo que debería haber sido...
Es lo que está muerto más allá de todos los Dioses,
Eso —y fue al fin lo mejor de mí— es lo que ni los Dioses hacen vivir...

Si a cierta altura
Hubiese doblado hacia la izquierda en lugar de hacia la derecha;
Si a cierta altura
Hubiese dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí;
Si en cierta conversación
Hubiese tenido las frases que sólo ahora, en el entresueño, elaboro...
Si todo eso hubiese sido así,
Sería otro hoy, y tal vez el universo entero
Sería llevado insensiblemente a ser otro también,

Pero no doblé hacia el lado irreparablemente perdido,
No doblé ni pensé en doblar, y sólo ahora lo percibo;
Pero no dije no o no dije sí, y sólo ahora veo lo que no dije;
Pero las frases que faltó decir en ese momento me surgen todas,
Claras, inevitables, naturales,
La conversación cerrada concluyente,
La materia toda resuelta...
Pero sólo ahora lo que nunca fue, ni será hacia atrás, me duele.

Lo que de veras fallé no tiene ninguna esperanza
En ningún sistema metasfísico.
Puede ser que para otro mundo pueda llevar lo que soñé,
¿Pero podré llevar para otro mundo lo que me olvidé de soñar?
Esos sí, los sueños por tener, son el cadáver.
Lo entierro en mi corazón para siempre, para todo el tiempo, para todos los universos.

Esta noche donde no duermo, y el sosiego me cerca
Como una verdad de la que no participo,
Y allá fuera la luna, como una esperanza que no tengo,
es invisible para mí.

Fernando Pessoa, Lisboa, 1888-1935
Fernando Pessoa, Poemas, Ed. Fabril, Bs. As., 1972
Traducción de Rodolfo Alonso
imagen: Retrato de Pessoa por J. L. Roth



Na noite terrível, substância natural de todas as noites,
Na noite de insónia, substância natural de todas as minhas noites,
Relembro, velando em modorra incómoda,
Relembro o que fiz e o que podia ter feito na vida.
Relembro, e uma angústia
Espalha-se por mim todo como um frio do corpo ou um medo.
O irreparável do meu passado — esse é que é o cadáver!
Todos os outros cadáveres pode ser que sejam ilusão.
Todos os mortos pode ser que sejam vivos noutra parte.
Todos os meus próprios momentos passados pode ser que existam algures,
Na ilusão do espaço e do tempo,
Na falsidade do decorrer.
Mas o que eu não fui, o que eu não fiz, o que nem sequer sonhei;
O que só agora vejo que deveria ter feito,
O que só agora claramente vejo que deveria ter sido —
Isso é que é morto para além de todos os Deuses,
Isso — e foi afinal o melhor de mim — é que nem os Deuses fazem viver…

Se em certa altura
Tivesse voltado para a esquerda em vez de para a direita;
Se em certo momento
Tivesse dito sim em vez de não, ou não em vez de sim;
Se em certa conversa
Tivesse tido as frases que só agora, no meio-sono, elaboro —
Se tudo isso tivesse sido assim,
Seria outro hoje, e talvez o universo inteiro
Seria insensivelmente levado a ser outro também.

Mas não virei para o lado irreparavelmente perdido,
Não virei nem pensei em virar, e só agora o percebo;
Mas não disse não ou não disse sim, e só agora vejo o que não disse;
Mas as frases que faltou dizer nesse momento surgem-me todas,
Claras, inevitáveis, naturais,
A conversa fechada concludentemente,
A matéria toda resolvida…
Mas só agora o que nunca foi, nem será para trás, me dói.

O que falhei deveras não tem esperança nenhuma
Em sistema metafísico nenhum.
Pode ser que para outro mundo eu possa levar o que sonhei.
Mas poderei eu levar para outro mundo o que me esqueci de sonhar?
Esses sim, os sonhos por haver, é que são o cadáver.
Enterro-o no meu coração para sempre, para todo o tempo, para todos os universos.
Nesta noite em que não durmo, e o sossego me cerca
Como uma verdade de que não partilho,
E lá fora o luar, como a esperança que não tenho, é invisível p’ra mim.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Arturo Chemes


Mueca vencida

Le explicó que uno era
el pasado
y él no lo sabía
y el pasado en realidad
era el presente
o el presente
era un pasado continuo
un futuro imperfecto
insuficiente, inmerecido

Y él no hacía nada
para cambiarlo
y se quedaba ahí pasivamente
mientras el mundo
se iba cayendo a pedazos
y era inútil esperar
que hiciera algo
y merecía la condena de los tibios
el destierro de los mansos
la medalla del dolor

Y no la vio más

Arturo Chemes, Bs. As., Argentina, 1955
imagen: s/d

jueves, 23 de diciembre de 2010

Miguel Gaya


de Colección Robin Hood (1994)


Harto sorprendiéndose Robinson Crusoe
de la huella estampada
en arena húmeda
Pie desnudo en el reino
de la soledad
Así
caviloso
me detengo en las señales que tu cuerpo deja
en desolado territorio
Desnudo también
para mejores días



La condena del Hombre
que Ríe:
Toda belleza sucede
afuera
No puedo salir
de tu corazón
que pasa



Ella usaba el pelo
como el Príncipe Valiente
y modales impropios
de la familia real
Combatimos mucho
en batallas privadas
y nunca hubo acuerdo
sobre la victoria
Sin tiempo para sagas
ni conciencia de gestos
que pudieran cantarse
no dejamos tras nuestro
más que
toscos mensajes
señales urgentes
que no fueron leyenda:
“La cerveza en la heladera
Ya no hay comida
Besos”



Para que engorde el caldo
le ponemos
cosas innombrables.
Para que tenga sustancia.
Y después negamos
“Tiene choclo nomás
alguna tripa gorda...”

Tierra de ranqueles es esta
De cristianos dudosos.
Más que de mentiras
nos alimentamos de ocultamientos
Todos comimos
Carne de yegua
gusanos de la tierra.

Miguel Gaya, Buenos Aires, Argentina, 1953

lunes, 20 de diciembre de 2010

T. S. Eliot


El viaje de los Reyes Magos

“Una fría jornada la que tuvimos,
justo la peor época del año
para un viaje, y un viaje tan largo:
los caminos recónditos y el aire que cortaba,
lo más crudo del invierno.”
Y los camellos molestos, reacios, las patas lastimadas,
echados en la nieve que se fundía.
Hubo momentos en que añoramos
los palacios de verano en las laderas, las terrazas,
y las jóvenes delicadas trayéndonos refrescos.
Los camelleros gruñendo y maldiciendo, además,
y desertando, ansiosos de licor y de mujeres,
y las hogueras nocturnas que se apagaban, y la falta de refugios,
y las ciudades hostiles y los pueblos inhóspitos
y las aldeas sucias que cobraban precios altos:
una fría jornada la que tuvimos.
Al final preferimos viajar la noche entera,
durmiendo de a ratos,
con las voces zumbando en nuestros oídos, diciéndonos
que aquello era todo una locura.

Entonces, al alba, bajamos a un valle templado,
húmedo, bajo las nieves perpetuas, oliendo a vegetación,
con un arroyo que corría y un molino de agua acompasando la oscuridad,
y tres árboles recortados contra el cielo
y un viejo caballo blanco alejándose al galope por el prado.
Llegamos luego a una taberna con hojas de parra sobre el dintel,
seis manos en una puerta abierta jugando a los dados por piezas de plata,
y pies que pateaban odres vacíos.
Pero no obtuvimos ninguna información, y entonces seguimos
y al caer la noche, ya casi tarde,
hallamos el sitio; fue (podría decirse) satisfactorio.

Todo eso, recuerdo, fue hace mucho,
y lo haría de nuevo, pero anotad
esto, anotad
esto: ¿fuimos guiados tan lejos
a un Nacimiento o una Muerte? Hubo un Nacimiento, ciertamente,
tuvimos sin duda prueba de ello. Yo había visto nacimientos y muertes,
pero había pensado que eran diferentes; este Nacimiento
fue una amarga y dura agonía para nosotros, como la Muerte, nuestra muerte.
Volvimos a nuestro hogar, estos Reinos,
pero ya no más a gusto aquí, con el viejo orden,
con un pueblo extraño aferrándose a sus dioses.
Me pondría contento de otra muerte.

Thomas Stearn Eliot, St. Louis, Missouri, 1888 - Londres, 1965
versión © Gerardo Gambolini
imagen: Gustave Doré, Les rois mages guidés par l’etoile (1865)



Journey of the Magi

“A cold coming we had of it,
Just the worst time of the year
For a journey, and such a journey:
The ways deep and the weather sharp,
The very dead of winter.”
And the camels galled, sore-footed, refractory,
Lying down in the melting snow.
There were times we regretted
The summer palaces on slopes, the terraces,
And the silken girls bringing sherbet.
Then the camel men cursing and grumbling
And running away, and wanting their liquor and women,
And the night-fires going out, and the lack of shelters,
And the cities hostile and the towns unfriendly
And the villages dirty and charging high prices:
A hard time we had of it.
At the end we preferred to travel all night,
Sleeping in snatches,
With the voices singing in our ears, saying
That this was all folly.

Then at dawn we came down to a temperate valley,
Wet, below the snow line, smelling of vegetation;
With a running stream and a water-mill beating the darkness,
And three trees on the low sky,
And an old white horse galloped away in the meadow.
Then we came to a tavern with vine-leaves over the lintel,
Six hands at an open door dicing for pieces of silver,
And feet kicking the empty wine-skins.
But there was no imformation, and so we continued
And arrived at evening, not a moment too soon
Finding the place; it was (you may say) satisfactory.

All this was a long time ago, I remember,
And I would do it again, but set down
This set down
This: were we led all that way for
Birth or Death? There was a Birth, certainly,
We had evidence and no doubt. I had seen birth and death,
But had thought they were different; this Birth was
Hard and bitter agony for us, like Death, our death.
We returned to our places, these Kingdoms,
But no longer at ease here, in the old dispensation,
With an alien people clutching their gods.
I should be glad of another death.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Miguel Machalsky


Yo aquí

Yo aquí, a veinte días
de nueve años sin haber vuelto,
confieso: que todos los ríos duelen.
El pulmón denso del Plata, o el Aqueronte.
En cualquier pocilga o palacio
siempre esa navegación de ríos
y esa triste manera de ser feliz.

Miguel Machalsky, Buenos Aires, Argentina, 1954
reside en Francia desde 1977
imagen: s/d



Bosque

La bella inteligencia del camino
abriéndose paso entre lagartijas
desembocando en dunas;
su sinuosa astucia.
El coraje de los pinos
tan sin hombres; su madera
más que vieja.

El ancho vientre del horizonte de parto,
a punto de soltar aves
más rápidas que nuestras flechas,
más —mucho más— enteras
que nuestras breves velas.

Miguel Machalsky, Buenos Aires, Argentina, 1954


Breve paisaje

Ruido de brasas. El parque endulzado por el aire.
Ancianos boqueando, los párpados marchitos.
El río saca nuevos murmullos y juega
a abalorios de luz. Los puentes se descascaran.

Cuarenta años después, el mismo otoño
—el de Eliot—
me roza y espera
que yo haga algo.
Me convierta, por ejemplo, en otro.

Miguel Machalsky, Buenos Aires, Argentina, 1954


Árbol ralo

Lo más triste de la vida es esa manera que tiene
de ser igual a sí misma, con su estribillo que vuelve
a pasar por los ojos o detrás de los ojos.
Lo más triste es ser viejo, como un búho girando su cabeza
en la noche. Colgado de una rama esmirriada, altísima,
encima de las tumbas
de los seres queridos.

Miguel Machalsky, Buenos Aires, Argentina, 1954

jueves, 16 de diciembre de 2010

Dos poetas latino-estadounidenses



Clima turístico / Silvia Curbelo

Todo el verano los huracanes
con nombres de estrellas de cine
iluminan el mapa del clima
a lo largo de cuatro condados. Manejamos
en silencio a la salida del hospital
hacia las callecitas donde
los negocios con nombres de barcos
venden todo a mitad de precio.

Los caracoles son huesos. Me puse
tu viejo piloto. Todo lo que suena
en la radio del auto pertenece
a la lluvia. El clima es la única
noticia que vale la pena esperar.
La otra noche la enfermera joven
abrió de par en par las ventanas
poco antes de que golpeara la primera tormenta
y enytre los árboles pudimos oír
el rudo hablar de las olas,
un lenguaje sin ternura.

Artesanías, caracoles, piedras.
Algunas cosas son más
que sus nombres.
Como los huracanes. O el cáncer.
Una palabra como ésa puede matarte.

Una caracola apoyada en el oído
no dice nada. La lluvia cae
entre las grietas de lo que
queremos decir. La otra noche
soñé que agua fresca llenaba mi boca
y mi propia voz, adentro a la deriva,
se alzaba hacia vos
como cualquier sed humana.

Silvia Curbelo, Cuba, 1955
Reside en Estados Unidos desde 1967
traducción de Lisa R. Bradford y Fabián O. Iriarte
imagen: (izq.) Silvia Curbelo – (der.) Judith Ortíz Cofer


Tourist Weather

All summer long hurricanes
with the names of movie stars
light up the weather map
across four counties. We drive
in silence out of the hospital
and towards the small strips
where souvenir shops with nautical names
are selling everything half price

Shells are bones. I’ve put on
your old raincoat. Whatever
plays on the car radio belongs
to the rain. Weather is the
only news worth waiting for.
Last night the young nurse
threw open all the windows moments
before the first storm hit
and through the trees we could hear
the coarse talk of the waves,
a language without tenderness.

Driftwood, seashell, stone.
Some things are more
than their names.
Like hurricanes. Or cancer.
A word like that can kill you.

A shell held to one’s ear
tells nothing. Rain falls
between the cracks of what
we mean to say. Last night
I dreamt cool water filled my mouth
and my own voice, adrift inside it,
held itself up to you
like any human thrist.



La lección de la caña de azúcar / Judith Ortíz Cofer

Mi mamá abrió bien grandes los ojos
parada al lado de la plantación
lista para cortar.
“Respirá hondo”,
dijo en voz baja,
“no hay nada tan dulce:
nada más dulce”.
Al escucharla,
papá dejó la goma pinchada que estaba cambiando
bajo un sol que sacaba la brea del asfalto,
y me agarró del brazo, quebró mi corrida
hacia una planta:
“La caña puede asfixiar a una niña: snakes, las víboras
se esconden donde crece más alto que tu cabeza.”

Y nos llevó de vuelta al auto lisiado
donde transpiramos nuestra penitencia,
por haber antojado más dulzura
que la que no es permitida,
más de la que podemos manejar.

Judith Ortíz Cofer, Puerto Rico, 1952
Reside en Estados Unidos desde 1955
traducción de Lisa R. Bradford y Fabián O. Iriarte

The Lesson of the Sugarcane

My mother opened her eyes wide
at the edge of the field
ready for cutting.
“Take a deep breath,”
she whispered,
“There is nothing as sweet:
Nada más dulce.”
Overhearing,
Father left the flat he was changing
in the road-warping sun,
and grabbing my arm, broke my sprint
toward a stalk:
“Cane can choke a little girl: snakes hide
where it grows over your head.”

And he led us back to the crippled car
where we sweated out our penitence,
for having craved more sweetness
than we were allowed,
more than we could handle.

martes, 14 de diciembre de 2010

Gerardo Lewin


Desde el infarto

Elí, Elí, lama dafaktani,
que significa: por qué me comí este garrón.

Por qué me has puesto en este infarto, Dios mío.
Por qué vienes como un vulgar matón
con aspavientos de muerte, amenazando:
—Ey, Gerry, vamos a dar un paseo.

Elí, Elí. Qué ganas de andar jodiendo.
¿Por qué me aporreas y me empujas,
cacheteándome como a un niño indefenso?
No soy un contrincante a tu medida,
pero no me acorrales.

Quizá tenga algún as en la manga
una metáfora que no hayas previsto,
alguna zancadilla para luchar contigo
y derribarte. Me encargaré personalmente
de que te arrepientas del momento
en que tu divina providencia
me hirió de soslayo.

Voy a hincharte las pelotas
hasta que se me acaben las pilas,
como un juguete enloquecido.

Basta ya de enviarme emisarios y secuaces.
Médicos, demonios, enfermeros y homúnculos
seres recién salidos del horno
con una sonrisa amable en las fauces.
Vienen con sus tenazas y sus pócimas,
se ciernen sobre mí con jeringas y mazas
pellizcándome, tensando mis venas como cuerdas,
oliendo mis orines, mordisqueándome,
metiéndome un dedo en el culo.

Uno a uno cambiaré sus designios;
velos mutados en aliados míos.
Formaremos un ejército y te buscaremos.
Irrumpiremos en tu sacro recinto
y no tendrás escapatoria, Padre amado.

Deberás sentarte a negociar por todo.
Temario abierto. Vamos a hablar
de los males del mundo
y no tan sólo de esta espina en mi pecho.

Mira a lo que hemos llegado, Dios:
ahora estoy encabezando una revuelta cósmica,
un vasto movimiento teológico
para torcerte el brazo, ¿y todo por qué?
Por un capricho, una nadería.
¿Qué necesidad tenías de mí,
de una mota de polvo
que ni siquiera tenía alto el colesterol?
Yo sólo robaba de vez en cuando
milagros
para mi estricto uso personal.

Ahora déjame en paz.
Me cansé de arrojar piedras al vacío.
Voy a dormir eones.
Cuando despierte, Dios, seremos como hermanos.
Mi corazón abarcará la Vía Láctea
y mis coronarias difundirán mi sangre
por el vasto universo.
Cambiaré sutilmente las leyes de la física,
impregnándolo todo con un dejo a Gerardo.
suavizando tu obra, oh, Creador...

Mi cuerpo se diluye
en el aire y la nada.
Déjame terminar esta humilde diatriba,
esta oración de gracias.
¿Por qué no duermes un poquito?
Pretendamos que es sábado: descansa.
Vete a dormir la siesta,
give us a break, oh Lord...

El monitor muestra mi pulso estable.
102/56 la presión. La nitroglicerina gotea.
Parece que me operan el lunes.
Les mando un beso a todos,
los quiero mucho.

Gerardo Lewin, Buenos Aires, Argentina, 1955.
imagen: s/d


Nota: el Editor pide disculpas a los lectores por las imperdonables erratas en la transcripción inicial de este poema, ahora corregidas.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Eugenio Montale


Fin de año, 1968

He contemplado desde la luna, o casi,
el modesto planeta que contiene
filosofía, teología, política,
pornografía, literatura, ciencias
exactas u ocultas. Adentro está también el hombre
y yo entre ellos. Y todo es muy extraño.

Dentro de pocas horas será noche y el año
terminará entre explosiones de espumantes
y petardos. Quizás de bombas o algo peor,
mas no aquí, donde estoy. Si uno muere
a nadie le interesa con tal que sea
desconocido y lejano.

Eugenio Montale, Génova, 1896 - Milán, 1981
traducción de Horacio Armani
imagen: Eugenio Montale (1977), por David Levine


Fine del '68

Ho contemplato dalla luna, o quasi,
il modesto pianeta che contiene
filosofia, teologia, politica,
pornografia, letteratura, scienze
palesi o arcane. Dentro c’è anche l’uomo,
ed io tra questi. E tutto è molto strano.

Tra poche ore sarà notte e l’anno
finirà tra esplosioni di spumanti
e di petardi. Forse di bombe o peggio,
ma non qui dove sto. Se uno muore
non importa a nessuno purché sia
sconosciuto e lontano.



En el silencio

Hoy hay huelga general.
No pasa nadiempor la calle.
Sólo una radio portátil al otro lado de la pared.
Alguien debe vivir allí desde hace algunos días.
Me pregunto qué pasará con la producción.
La misma primavera tarda bastante en producirse.
Anticipadamente, han apagado la calefacción.
Se han dado cuenta de que es inútil el servicio postal.
No es un gran mal el retraso de las funciones normales.
Es fatal que algún engranaje no engrane.
Hasta los muertos están agitados.
También ellos forman parte del silencio total.
Tú estás bajo una lápida. De nada vale despertarte
pues siempre estás despierta. Incluso hoy, que hay sueño
universal.

Eugenio Montale, Génova, 1896 - Milán, 1981
traducción de Horacio Armani


Nel silenzio

Oggi è sciopero generale.
Nella strada non passa nessuno.
Solo una radiolina dall’altra parte del muro.
Da qualche giorno deve abitarci qualcuno.
Mi chiedo che ne sarà della produzione.
La primavera tarda alquando a prodursi.
Hanno spento in anticipo il termosifone.
Si sono accorti ch’è inutile il servizio postale.
Non è un gran male il ritardo delle funzioni normali.
E’ d’obbligo che qualche ingranaggio non ingrani.
Anche i morti si son messi in agitazione.
Anch’essi fanno parte del silenzio totale.
Tu stai sotto una lapide. Risvegliarti non vale
perché sei sempre desta. Anche oggi ch’è sonno
universale.

martes, 7 de diciembre de 2010

Richard Wilbur


La escritora

En su cuarto, en la proa de la casa,
donde rompe la luz y las ventanas se sacuden con el tilo,
mi hija escribe un cuento.

Me detengo en la escalera, escuchando
un barullo de teclas por su puerta cerrada,
como una cadena jalada por una borda.

Joven como es, la materia
de su vida es una carga importante, y parte de ella es pesada:
yo le deseo un viaje venturoso.

Pero ahora es ella quien se detiene,
como si rechazara mi idea y su figura liviana.
Crece un silencio, en el que la casa entera

parece estar pensando,
y entonces ella sigue, con un apiñado
alboroto de golpes, y hace silencio de nuevo.

Recuerdo el estornino ofuscado
que quedó atrapado en ese mismo cuarto, hace dos años;
recuerdo que entramos furtivamente, abrimos una ventana

y nos fuimos, para no asustarlo, y que
durante una hora impotente, por la rendija de la puerta,
vimos a la elegante, salvaje, oscura

e iridiscente criatura
golpear contra el resplandor, caer como un guante
al piso duro, o la tapa del escritorio,

y esperar entonces, encorvada y ensangrentada,
la inteligencia para volver a intentarlo, y recuerdo cómo
se levantó nuestro ánimo cuando, súbitamente segura,

despegó del respaldo de una silla
trazando un rumbo tranquilo hasta la ventana correcta
y franqueando el alféizar del mundo.

Es siempre, cariño, una cuestión
de vida o muerte, como lo había olvidado. Te deseo
lo que antes te deseé, pero más fuerte.

Richard Wilbur, New York, Estados Unidos, 1921
Versión © Gerardo Gambolini
imagen: s/d

The Writer

In her room at the prow of the house
Where light breaks, and the windows are tossed with linden,
My daughter is writing a story.

I pause in the stairwell, hearing
From her shut door a commotion of typewriter-keys
Like a chain hauled over a gunwale.

Young as she is, the stuff
Of her life is a great cargo, and some of it heavy:
I wish her a lucky passage.

But now it is she who pauses,
As if to reject my thought and its easy figure.
A stillness greatens, in which

The whole house seems to be thinking,
And then she is at it again with a bunched clamor
Of strokes, and again is silent.

I remember the dazed starling
Which was trapped in that very room, two years ago;
How we stole in, lifted a sash

And retreated, not to affright it;
And how for a helpless hour, through the crack of the door,
We watched the sleek, wild, dark

And iridescent creature
Batter against the brilliance, drop like a glove
To the hard floor, or the desk-top,

And wait then, humped and bloody,
For the wits to try it again; and how our spirits
Rose when, suddenly sure,

It lifted off from a chair-back,
Beating a smooth course for the right window
And clearing the sill of the world.

It is always a matter, my darling,
Of life or death, as I had forgotten. I wish
What I wished you before, but harder.