martes, 8 de noviembre de 2011

Fernando Pessoa





No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(y si supieran quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y de los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres.
Con el Destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.

Estoy vencido hoy, como si supiera la verdad.
Estoy lúcido hoy, como si fuera a morir
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y un silbato anunciando la partida 
en mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al partir.

Estoy perplejo hoy, como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy dividido hoy entre la lealtad que le debo
a la Tabaquería de la vereda de enfrente, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no me hice propósito alguno, tal vez todo fuera nada.
Bajé de la enseñanza que me dieron
por la ventana del fondo de casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí sólo encontré árboles y pasto,
y cuando había gente era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa, que no puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se ven en sueños genios como yo,
y la historia no registrará, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿ soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuantas buhardillas y no-buhardillas del mundo
no hay genios-para-sí-mismos soñando en este momento?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
—sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
y quién sabe si realizables,
no verán nunca la luz del sol real ni encontrarán oídos entre la gente?
EI mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que soñó Napoleón.
He apretado al pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he hecho en secreto filosofías que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
siempre seré el que no nació para eso;
siempre seré sólo el que tenía condiciones;
siempre seré el que esperó que le abriesen la puerta delante de una pared sin puerta
y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me descubre el cabello,
y el resto que venga si viniere, o tuviere que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es toda la tierra,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolates, pequeña,
come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que las religiones todas no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que los comes!
Pero yo pienso y, al quitar el papel plateado, que es de estaño,
tiro todo al suelo, como he tirado la vida.)

Pero al menos queda la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido a lo Imposible.
Pero al menos me dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos en el gesto generoso con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin orden, al curso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como estatua que fuera viva,
o Patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y vivaz,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y lejana,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno —no imagino bien qué—
todo eso, sea lo que fuere, que seas, ¡si puede inspirar que inspire!
Mi corazón es un balde vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta nitidez.
Veo las tiendas, veo las veredas, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto me es extraño, como todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible fingir la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
tal vez exististe apenas, como un lagarto al que le cortan la cola
y que es cola antes que lagarto confusamente.

Hice de mí lo que no supe
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que me puse era incorrecto.
Entonces me tomaron por quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando me quise quitar la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando me la arranqué y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba ebrio, ya no sabía llevar el disfraz que no me había quitado.
Tiré la máscara y dormí en el guardarropas
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
cuánto quisiera descubrirme como algo que yo hiciese
y no quedara siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra en la que un ebrio tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y que no valía nada.

Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
y con la incomodidad del alma que entiende mal.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré los versos.
A cierta altura también morirá el letrero, y los versos también.
Después de cierta altura morirá la calle donde estuvo el letrero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Después morirá el planeta girante en que se dio todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
seguirá haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,

siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me enderezo a medias enérgico, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en que digo lo contrario.

Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y adecuado,
la liberación de todas las especulaciones
y el saber que la metafísica es una consecuencia de estar indispuesto.

Después me echo hacia atrás en la silla
y sigo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, seguiré fumando.

(Si me casara con la hija de mi lavandera tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy a la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco: es Esteves, sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se dio vuelta y me vio.
Me saludó con la mano, ¡Adiós Esteves!, le grité, y el universo
se me reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.


Fernando Pessoa, Lisboa, 1888-1935 
Versión © Gerardo Gambolini

domingo, 6 de noviembre de 2011

Almudena Guzmán // 3 poemas



Hoy era la última tarde...

Hoy era la última tarde.

Usted no paraba de hablar
—lo hubiese matado—
y a mí me ardían las uñas cuando nos despedimos
en la parada del autobús.

Ni un sólo beso.

Almudena Guzmán, España, 1964
imagen: Public Domain Image from Flickr


Señor, ahora que mi piel y la suya...

Señor,
ahora que mi piel y la suya—después de las sábanas—
han formado un nuevo “collage” en el agua,
no es el mejor momento para hablarle,
desde luego,
pero aprovechando que estoy arriba
y usted debajo,
quisiera decirle
—casi no me atrevo con sus ojos—
que no puedo más,
que voy a pararme.

—Era el placer como una de esas muñecas rusas que se abren
y aparece otra,
y otra...—

Almudena Guzmán, España, 1964


Volvemos a comer juntos...

Volvemos a comer juntos.
Este hombre cada día más guapo y a ti te rebasan las orejas.

Qué importa.
Qué importa el poco tiempo que tienes para enamorarlo,
qué importa la sopa fría
—no puedes permitirte el lujo
de perderlo de vista un solo instante, Almudena—,
si cuando vas a citar “yo siempre estoy triste”
él se anticipa y acariciándote los ojos dice que le encanta
tu alegría.

Almudena Guzmán, España, 1964

viernes, 4 de noviembre de 2011

Las horas del alba




Las horas del alba

Construye una imagen de sí
que atrae los mejores adjetivos: noble,
ecuánime, altruista,
los mejores sustantivos: talento, constancia,
franqueza, pasión

construye una imagen de sí
como las cumbres de la pena ganada en buena ley,
la sima de los fuegos arrancados,
como los últimos días de la urgencia,
las pruebas del azar —

pero siempre está la llegada de la noche,
el cuerpo en la cama
sin testigos.

Gerardo Gambolini, Buenos Aires, Argentina, 1955
imagen: pintura de David Wagner
[Public Domain Image]



martes, 1 de noviembre de 2011

Jacobo Fijman




Poema IV 
 
Extiendo mis brazos hacia el silencio descansado que inmortaliza la lejanía.
Caen océanos en las noches obscuras de nuestras adolescencias en Dios.

Herido de mi canto
por uniones de azar
toda mi carne mortal recoge la blanca limosna del misterio.

Siento venir el fresco gusto del alumbrar.
Siento venir entre olas de la desesperanza maduros imperios.

Agito los ramajes.
Danzo en la gracia de todas las familias de la tierra y el universo.


Roe mi frente dura
el lobo de la media noche.

Una escondida estrella arrima su sosiego.

Entre todos los soles ya se me canta aceite de júbilos.
Siento en mis manos venir la luz entera de la mañana.


Reposan los sagrados pinos,
y mi voz arrollada en la tristeza de una luz rompida.

Paz, paz, sobre los días y las noches cansadas de recoger las voces falsas,
que el mar hace sonar las cáscaras de nuez de la maravilla,
y vuelvo a oír la guía de mi ánimo dentro de primicias celestes.

Huye la soledad.
Adiós, belleza.


Jacobo Fijman, Orhei, Besarabia, 1898 – Buenos Aires, 1970
De Hecho de estampas (1929)
imagen: Van Gogh, La morera
Commons Wikimedia - Image in the Public Domain


domingo, 30 de octubre de 2011

Gerry Murphy





México, 1970.
Copa del Mundo, cuartos de final.
Inglaterra, dos arriba contra Alemania
y tranquila.
Mi hermano, regodeándose en silencio,
mi padre y yo sumidos
en un silencio rígido, abatido.
Me voy a la cocina
a hacer té,
Alemania descuenta uno.
“Muy poco, muy tarde”
declara mi hermano.
Vuelvo a la cocina,
Alemania iguala.
A mi padre y a mí nos sacan,
pestañeando, a la luz del día.

En tiempo extra,
Müller, ‘Der Bomber’, anota el gol ganador.
Nunca había abrazado a mi padre,
no he vuelto a abrazarlo desde entonces.


Breakthrough

Mexico, 1970.
World Cup, quarter final.
England. two up against West Germany
and cruising.
My brither, quietly gloating,
my father and I plunged
into glum, staring silence.
I go out into the kitchen
to make tea.
West Germany claw one back.
“Too little, too late,”
my brother declares.
I go back to the kitchen,
West Germany equalize.
My father and I are led out,
blinking, into the daylight.

In extra-time,
Müller, ‘Der Bomber’, scores the winner.
I had never hugged my father,
I haven’t hugged him since.



“¡Los libros”
gruñó mi abuelo
“son un sustituto exangüe de la vida!”
La espesa tinta azul de sus venas
coagulando alegremente
en comas, punto y comas
y dos puntos
hacia un repentino y glorioso
punto final.


On His Deathbed My Grandfather Warms Me Against Literature

“Books!”
snarled my grandfather,
“are a bloodless substitute for life.”
The thick blue ink of his veins
clotting happily
into commas, semi-colons
and colons,
towards a sudden and glorious
full stop.



Le doy el saludo comunista
a mi ex novia capitalista
al mismo tiempo que toma la esquina
en su BM negro,
me concede un gesto despectivo
y me deja tragándome
la retórica marxista-leninista
en un penacho de monóxido de carbono.


A Note on The Demise of Communism

I give the Communist salute
to my Capitalist ex-girlfriend
as she takes the corner at a clip
in her black BMW,
doles me out am imperious nod
and leaves me to choke back
Marxist-Leninist rghetoric
in a plume of carbon-monoxide.



Una pena
que la Tierra no sea plana.
Se podría alinear a los pobres
en los bordes
y ametrallarlos
al abismo.


Twenty-One Words for The Security Council

It’s a pity
the Earth isn’t flat.
You could line the poor
along the edges
and machine-gun them
into the abyss.


Gerry Murphy, Irlanda, 1952 Versiones © Gerardo Gambolini
imagen: womenrulerwriter.blogspot.com

jueves, 27 de octubre de 2011

Alfredo Veiravé





Ybirapitá

El ybirapitá es un árbol que da grandes sombras a
Ulyses
cada vez que regresa en busca de Itaca; navega
entre las sirenas que enloquecen sus viajes intercontinentales
y con sus bellos ojos de mujer
            lee los manuscritos que el héroe dibuja obstinadamente
            en un mapa de islas
            que los otros ven en navegaciones diurnas
y que ella, la africana Rama Kan, con negros tordos en la copa
cambia como en un caleidoscopio según sus arrebatos como le dije
            esta mañana
            al entrar al jardín botánico
cuando al lado
del frondoso ybirapitá de los anhelos
pude conversar en medio de un torbellino de auto
                                    móviles que pasaban sin hacer
caso a los semáforos a las miradas de los vecinos de la ciudad
real, quienes comentaban esa conversación entre Ulyses y Penélope
que como el ybirapitá destejía el telar de una manera
            risueña
volvía a colocar las agujas debajo de su
brazo y se marchaba rápidamente al compás de músicas que habían
crecido en ese cruce de avenidas:
extraños soles pequeños diálogos que crecen a la sombra del gran árbol
de la mitología de sus llamados, cada vez que al concentrarse le
reprocha sus viajes sus ausencias sus navegaciones y hace volar
            los tordos del pecho de la inmensidad del año que termina.

            Cuando se abrazan de nuevo el ybirapitá de Itaca entra en
            una furiosa alegría y así Homero
                                   lo cuenta en la Odisea.

Alfredo Veiravé, Argentina, 1928-1991
imagen: chacodiariopordia.com



Los que la vieron dicen que la tierra
es una esfera en el espacio, un  planeta
más bien pequeño
del tamaño del dedo pulgar de los astronautas.
Yo no lo dudo porque he visto las fotografías
y porque ahora estoy a casi medio planeta de mi casa.
Lo mejor de todo esto es que en ese pulgar
también mi casa es una parte del universo.
Cómo no serlo si en el patio del fondo
hay un filodendro de gigantes hojas y también gusanos bajo
            la tierra
aptos para la pesca, y ahora que me acuerdo
el olor de los helechos contra la pared
la cara de Delfina o Federico entre los árboles
y aquel canario que se nos voló de noche.

Alfredo Veiravé, Argentina, 1928-1991

miércoles, 26 de octubre de 2011

Bertolt Brecht




Malos tiempos para la lírica

Ya sé que sólo agrada
quien es feliz. Su voz
se escucha con gusto. Es hermoso su rostro.

El árbol deforme del patio
denuncia el terreno malo, pero
la gente que pasa le llama deforme
con razón.

Las barcas verdes y las velas alegres del Sund
no las veo. De todas las cosas,
sólo veo la gigantesca red del pescador.

¿Por qué sólo hablo
de que la campesina de cuarenta años anda encorvada?
Los pechos de las muchachas
son cálidos como antes.

En mi canción, una rima
me parecería casi una insolencia.
En mí combaten
el entusiasmo por el manzano en flor
y el horror por los discursos del pintor de brocha gorda.
Pero sólo esto último
me impulsa a escribir.


Bertolt Brecht, Alemania, 1898-1956

De Bertolt Brecht, Poemas y canciones, Alianza Editorial (1968)
Versiones españolas de Jesús López Pacheco sobre la traducción directa del alemán de Vicente Romano.


lunes, 24 de octubre de 2011

Fumi Saito



cuando pienso...

cuando pienso
qué será de este cuerpo
cuando muera
un arroyo empieza a murmurar
en algún lugar, lejos, en la oscuridad

me corre el agua
por las grietas del cráneo
a siglos ya del día
en que me acosté a dormir
en el fondo del lago

aun más profunda en mi mente
estará
la duda en que vivo
desde que he sido testigo de una mancha
en la blanca toga de un dios

Fumi Saito, Japón, 1909-2002
sin mención del traductor [se agradecerá el aporte de ese dato]
imagen: Ukiyo-e Genji Monogatari, Musée Saint-Remi
[Public Domain]



no te parezcas a mi...

no te parezcas a mí
por favor no — le digo a la mujer
que estoy pintando
y que tiene la hermosa
sonrisa de una adúltera

Fumi Saito, Japón, 1909-2002
de la traducción al inglés de Makoto Ueda

jueves, 20 de octubre de 2011

Olga Orozco





He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos
     vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota
     de salmuera.
Ésa y no cualquier otra.
Ésa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.

Olga Orozco, Argentina, 1920-1999
imagen: s/d



A Luis Cernuda


La realidad, sí, la realidad,
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.
Es ese cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva
donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.
A cada cual su copa
para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.
A cada cual su plato
para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan:
el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo imposible.
Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven desde
     la eternidad,
al pulso del adiós debajo de la tierra.
La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.

Olga Orozco, Argentina, 1920-1999

martes, 18 de octubre de 2011

Sophia de Mello Breyner Andresen





Mi vida había tomado la forma de la placita
Aquel otoño en que tu muerte se organizaba meticulosamente
Yo me aferraba a la plaza, porque tú amabas
La humanidad humilde y nostálgica de las tiendas
Donde los empleados doblan y desdoblan cintas y telas
Trataba de ser tú porque tú ibas a morir
Y la vida entera dejaba allí de ser la mía
Trataba de sonreír como tú les sonreías
Al vendedor de periódicos al vendedor de tabaco
Y a la mujer sin piernas que vendía violetas
Le pedía a la mujer sin piernas que rezara por ti
Encendía velas en todos los altares
De las iglesias que hay al costado de esta plaza
Pues apenas abrí los ojos y vi fue para leer
La vocación de lo eterno escrita en tu rostro
Yo les pedía a las calles a los sitios a la gente
Que fueron testigos de tu rostro
Que te llamaran que deshicieran
El tejido que la muerte entrelazaba en ti

Sophia de Mello Breyner Andresen, Portugal, 1919-2004
Versión © Gerardo Gambolini
imagen: s/d


A pequena praça

A minha vida tinha tomado a forma da pequena praça
Naquele outono em que a tua morte se organizava meticulosamente
Eu agarrava-me à praça porque tu amavas
A humanidade humilde e nostálgica das pequenas lojas
Onde os caixeiros dobram e desdobram fitas e fazendas
Eu procurava tornar-me tu porque tu ias morrer
E a vida toda deixava ali de ser a minha
Eu procurava sorrir como tu sorrias
Ao vendedor de jornais ao vendedor de tabaco
E à mulher sem pernas que vendia violetas
Eu pedia à mulher sem pernas que rezasse por ti
Eu acendia velas em todos os altares
Das igrejas que ficam no canto desta praça
Pois mal abri os olhos e vi foi para ler
A vocação do eterno escrita no teu rosto
Eu convocava as ruas os lugares as gentes
Que foram testemunhas do teu rosto
Para que eles te chamassem para que eles desfizessem
O tecido que a morte entrelaçava em ti



Bajo el peso nocturno del cabello
O bajo la luna diurna de tu hombro
Busqué el orden intacto del mundo
La palabra no escuchada

Largamente bajo el fuego o bajo el vidrio
Busqué en tu rostro
La revelación de dioses que no conozco

Pero pasaste a través de mí
Como pasamos a través de la sombra.

Sophia de Mello Breyner Andresen, Portugal, 1919-2004
Versión de Diana Bellessi


Antinoo

Sob o peso nocturno dos cabelos
Ou sob a lua diurna do teu ombro
Procurei a ordem intacta do mundo
A palavra não ouvida

Longamente sob o fogo ou sob o vidro
Procurei no teu rosto
A revelação dos deuses que não sei

Porém passaste através de mim
Como passamos através da sombra



Éste es el círculo que trazo alrededor de tu cuerpo amado y perdido
Para que cercada seas mía

Éste es el canto de amor con que te hablo
Para que escuchando seas mía

Éste es el poema -engaño de tu rostro
Donde busco la abolición de la muerte.

Sophia de Mello Breyner Andresen, Portugal, 1919-2004
Versión de Diana Bellessi


Eurydice

Este é o traço em redor do teu corpo amado e perdido
Para que cercada sejas minha

Este é o canto do amor em que te falo
Para que escutando sejas minha

Este é o poema – engano do teu rosto
No qual busco a abolição da morte.

domingo, 16 de octubre de 2011

Almudena Guzmán // 5 poemas





Deslumbramientos sombríos

Esta mañana, el helado y marchito sol de enero hizo estragos
en mis ojos.
Por él, vi con más intensidad a esa gitanilla en manga corta
que pedía junto al metro,
tuve plena consciencia de lo arduo de nuestro amor,
me horroricé al contemplar los ametralladores grabados de Goya,
y salí de nuevo a la calle con las manos encogidas de angustia
sin saber
–pálida prisionera de los subterráneos–
si me bajaba en Velásquez o en Lista.
Y subí las escaleras de dos en dos para encontrar a la muerte
cómodamente recostada en mi gélido cuarto.


Esto va a venirse abajo
de un momento a otro
y usted lo sabe.
El amor ya no es un templo griego
sino algo parecido a un desastre de líneas
oblicuas que aprisionan todo intento de lluvia.

Y es gris. Tan gris como esta perspectiva de furias
que se nos viene encima.



Esto ya va mejor.
Ya no le tengo miedo.

Y me complace que usted,
como quien no quiere la cosa,
haya fijado el barniz de sus ojos en mis piernas.



Señor,
si usted sabe
que yo ahora estoy celosa
por lo que me ha dicho,
tenga al menos el detalle de no hacérmelo notar durante
la cena.

(Nunca en mi vida enrollé espaguetis con tanto odio.)



Este hombre que ahora cerca mi cuello
con su sabia muralla de labios
quizá abandone de pronto la almena,
quizá desaparezca para siempre.

Porque tiene un tacto en la mirada
que recuerda las plumas de los pájaros.


Almudena Guzmán, Madrid, España, 1964
imagen: foto tomada de rafaelmontesinos.blogspot.com

sábado, 15 de octubre de 2011

Fernando Pessoa






Hay dolencias peores que las dolencias,
hay dolores que no duelen, ni en el alma
pero que son dolorosos más que los otros.
Hay angustias soñadas más reales
que las que la vida nos trae, hay sensaciones
sentidas sólo con imaginarlas
que son más nuestras que la propia vida.
Hay tanta cosa que sin existir,
existe, existe demoradamente,
y demoradamente es nuestra y nosotros...
Por sobre el verde turbio del amplio río
los circunflejos blancos de las gaviotas...
Por sobre el alma el agitar inútil
de lo que no fue, ni puede ser, y es todo.

Dame más vino, porque la vida es nada.

Fernando Pessoa, Lisboa, Portugal, 1888-1935
Traducción: Miguel Ángel Sepúlveda Espinoza
imagen: Pessoa, dibujo de Almada Negreiros


Há doenças piores que as doenças

Há doenças piores que as doenças,
Há dores que não doem, nen na alma
Mas que são dolorosas mais que as outras.
Há angústias sonhadas mais reais
Que as que a vida nos traz, há sensações
Sentidas só com imaginá-las
Que são mais nossas do que a própria vida.
Há tanta coisa que, sem existir,
Existe, existe demoradamente,
E demoradamente é nossa e nós...
Por sobre o verde turvo do amplo rio
Os circunflexos brancos das gaviotas...
Por sobre a alma o adejar inútil
Do que não foi, nem pode ser, e étudo.

Dá-me mais vinho, porque a vida é nada.


Todo me cansa, hasta lo que no me cansa. Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor. Quien me diera ser un niño poniendo barcos de papel en un estanque de la quinta, con un dosel rústico de redes de parral poniendo ajedreces de luz y sombra verde en los reflejos sombríos de la poca agua.

Entre yo y la vida hay un vidrio tenue. Por más nítidamente que yo vea y
comprenda la vida, yo no la puedo tocar.

¿Razonar mi tristeza? ¿Para qué, si el raciocinio es un esfuerzo? Y quien está triste no puede esforzarse. Ni siquiera abdico de aquellos gestos banales de la vida de los que yo tanto querría abdicar. Abdicar es un esfuerzo, y yo no poseo el alma con que esforzarme.

¡Cuántas veces me aflige no ser el accionador de aquel coche, el conductor de aquel tren! ¡cualquier banal Otro supuesto cuya vida, por no ser mía, deliciosamente me
penetra para que yo la quiera y se me finge ajena!

Yo no tendría el horror a la vida como a una Cosa. La noción de la vida como un Todo no me aplastaría los hombros del pensamiento.

Mis sueños son un refugio estúpido, como un paraguas contra un rayo.

Soy tan inerte, tan pobrecito, tan falto de gestos y de actos. Por más que por mí me interne, todos los atajos de mi sueño van a dar a claridades de angustia.

Incluso yo, el que sueña tanto, tengo intervalos en los que el sueño me huye. Entonces las cosas me parecen nítidas. Se desvanece la neblina en la que me cerco. Y todas las aristas visibles hieren la carne de mi alma. Todas las durezas miradas me duele saberlas durezas. Todos los pesos visibles de objetos me pesan por dentro del alma.

La vida es como si me golpeasen con ella.

Fernando Pessoa, Lisboa, Portugal, 1888-1935
Fragmento de El libro del desasosiego
tomado de la red - sin mención del traductor
[se agradecerá el aporte de ese dato]


Intervalo doloroso

Tudo me cansa, mesmo o que não me cansa. A minha alegria é tão dolorosa como a minha dor.

Quem me dera ser uma criança pondo barcos de papel num tanque de quinta, com um dossel rústico de entrelaçamentos de parreira pondo xadrezes de luz e sombra verde nos reflexos sombrios da pouca água.

Entre mim e a vida há um vidro ténue. Por mais nitidamente que eu veja e compreenda a vida, eu não posso lhe tocar.

Raciocinar a minha tristeza? Para quê, se o raciocínio é um esforço? e quem é triste não pode esforçar-se. Nem mesmo abdico daqueles gestos banais da vida de que eu tanto quereria abdicar. Abdicar é um esforço, e eu não possuo o de alma com que esforçar-me.

Quantas vezes me punge o não ser o manobrante daquele carro, o cocheiro daquele trem! qualquer banal Outro suposto cuja vida, por não ser minha, deliciosamente se me penetra de eu querê-la e se me penetra até de alheia! Eu não teria o horror à vida como a uma Coisa. A noção da vida como um Todo não me esmagaria os ombros do pensamento.

Os meus sonhos são um refúgio estúpido, como um guarda chuva contra um raio.

Sou tão inerte, tão pobrezinho, tão falho de gestos e actos.

Por mais que por mim me embrenhe, todos os atalhos do meu sonho vão dar a clareiras de angústia.

Mesmo eu , o que sonha tanto, tenho intervalos em que o sonho me foge. Então as coisas aparecem-me nítidas. Esvai-se a névoa de quem me cerco. E todas as arestas visíveis ferem a carne da minha alma. Todas as durezas olhadas me magoam o conhêce-las durezas. Todos os pesos visíveis de objectos me pesam por a alma dentro.

A minha vida é como se me batessem com ela.

viernes, 14 de octubre de 2011

Manuel Álvarez Ortega






Pero has caído, piedra o ave cegada por el Tiempo.
De todo tu esplendor solo queda el recuerdo vacío,
el acto incompleto de revivir aquellos días cuando
te alzabas de la raíz materna que a solas me nutría,
cuando una luz sulfúrica, un viento aterrador,
una letal blancura se extendía por un valle de huesos
y pobreza, cuando -ardiente- tu llanto flameaba
sobre mi exilio, encadenando sucesos, cerrando
los círculos de mi vida, cada gota de mi oscuridad
compartida con mil seres distintos, míos, únicos
testigos de un nocturno episodio que no se repetirá nunca.
Has caído. De ti sólo queda el eco de tu edad,
tu patria perseguida, un fuego subterráneo, un ruido
como una sal caliente que aún conserva la huella
de mi paso por ese descompuesto mundo: una mortaja,
una piedra erigida, una cruz oxidada, una reja
indiferente a tu exterminio y un redondel de hierba
que deja pasar la luz coronada de amargura.

Manuel Álvarez Ortega, Córdoba, España, 1923
de Despedida en el tiempo, 1955
imagen: M. Álvarez Ortega en Santa Paula, 1949
autorizada por la Licencia de documentación libre de GNU

lunes, 10 de octubre de 2011

Lawrence Ferlinghetti





Leyendo a Yeats no pienso
en Irlanda
sino en New York en pleno verano
y en mí mismo en aquellos tiempos
leyendo aquel libro que me encontré
en el El* de la Tercera Avenida
el El
con sus abanicos espantamoscas y sus letreros que decían
PROHIBIDO ESCUPIR
el El
bamboleándose en su mundo de tercer piso
con su gente de tercer piso
en sus puertas de tercer piso
con aire de no haber oído nunca
hablar del suelo
una anciana
regando su planta
o un tipo con sombrero de paja
poniendo un alfiler en su corbata a rayas
y luciendo como si no tuviera otro sitio adonde ir
salvo coneyisland
o un sujeto en camiseta
meciéndose en su mecedora
viendo pasar el El
como si esperase que fuera distinto
cada vez
Leyendo a Yeats no pienso
en Arcadia
y sus bosques, que Yeats creía muertos
pienso en cambio
en todos los rostros idos
bajando en un lugar del centro
con sus sombreros y sus empleos
y en aquel libro perdido que yo tenía
con su tapa azul y su guarda blanca
donde un lápiz había escrito
¡PASA DE LARGO, JINETE!


* El: La “Third Avenue Elevated”, línea de trenes elevados interurbanos que operaba en Manhattan y el Bronx. La línea fue gradualmente desmantelada a partir de la década de 1950, hasta eliminarse el último servicio, el del Bronx, en 1973.

Lawrence Ferlinghetti, Estados Unidos, 1919
Versión © Gerardo Gambolini
imagen: The Third Avenue El


Reading Yeats I do not think...

Reading Yeats I do not think
of Ireland
but of midsummer New York
and of myself back then
reading that copy I found
on the Thirdavenue El
the El
with its flyhung fans and its signs reading
SPITTING IS FORBIDDEN
the El
careening thru it thirdstory world with its thirdstory people
in their thirdstory doors
looking as if they had never heard
of the ground
an old dame
watering her plant
or a joker in a straw
putting a stickpin in his peppermint tie
and looking just like he had nowhere to go
but coneyisland
or an undershirted guy
rocking in his rocker
watching the El pass by
as if he expected it to be different
each time
Reading Yeats I do not think
of Arcady
and of its woods which Yeats thought dead
I think instead
of all the gone faces
getting off at midtown place
with their hats and their jobs
and of that lost book I had
with its blue cover and its white inside
where a pencil had written
HORSEMAN, PASS BY!


jueves, 6 de octubre de 2011

Roberto Juarroz


7

Cada uno se va como puede,
unos con el pecho entreabierto,
otros con una sola mano,
unos con la cédula de identidad en el bolsillo,
otros en el alma,
unos con la luna atornillada en la sangre
y otros sin sangre, ni luna, ni recuerdos.

Cada uno se va aunque no pueda,
unos con el amor entre dientes,
otros cambiándose la piel,
unos con la vida y la muerte,
otros con la muerte y la vida,
unos con la mano en su hombro
y otros en el hombro de otro.

Cada uno se va porque se va,
unos con alguien trasnochado entre las cejas,
otros sin haberse cruzado con nadie,
unos por la puerta que da o parece dar sobre el camino,
otros por una puerta dibujada en la pared o tal vez en el aire,
unos sin haber empezado a vivir
y otros sin haber empezado a vivir.

Pero todos se van con los pies atados,
unos por el camino que hicieron,
otros por el que no hicieron
y todos por el que nunca harán.

Roberto Juarroz, Bs. As., Argentina, 1925-1995
de “Segunda Poesía Vertical”
imagen: s/d

martes, 4 de octubre de 2011

Eugenio Montejo



Acacias

                                        En la gélida noche rugen los huracanes.
                                                                “A Diotima” —Hölderlin


Estremecidas como naves
acacias emergidas de un paisaje antiguo
y no obstante batidas en su fuego
bajo la negra luz de atardecida
yo miro yo asisto
a este mínimo esplendor tan denso
yo palpo
la intermitencia de las arboladuras
su fuego girante delirante
enmarcadas en un éxtasis grave
como desposeídas lanzadas al abismo
así de grande
en un follaje poblado de sombras agitadas
las miro
frente a la piedad de mis ojos
bajo los huracanes de la Noche.

Eugenio Montejo, Caracas, Venezuela, 1938 – Valencia, España, 2008
imagen: s/d


Canción

Cada cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.

Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.

Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.

Eugenio Montejo, Caracas, Venezuela, 1938 – Valencia, España, 2008

domingo, 2 de octubre de 2011

Ezra Pound




¡Oh, minoría indefensa de mi patria,
oh, remanente esclavizado!

Artistas que chocáis contra ella,
descarriados, perdidos en los pueblos,
recelados, criticados,

amantes de la belleza, hambrientos,
decepcionados con los sistemas,
impotentes ante el control;

vosotros que no sabéis agotaros
insistiendo hasta triunfar,
vosotros que sólo sabéis hablar,
que no sabéis concentraros en la reiteración;

vosotros, de una sensibilidad más fina,
que chocáis contra el falso conocimiento,
vosotros que podéis saber de primera mano,
odiados, cercados, recelados,

pensad:
yo he capeado la tormenta,
yo he vencido mi exilio.

Ezra Loomis Pound, Idaho, Estados Unidos, 1885 –Venecia, Italia, 1972
Versión © Gerardo Gambolini
imagen: Ezra Pound, fotografía de Richard Avedon


The rest

O helpless few in my country,
O remnant enslaved!

Artists broken against her,
A-stray, lost in the villages,
Mistrusted, spoken-against,

Lovers of beauty, starved,
Thwarted with systems,
Helpless against the control;

You who can not wear yourselves out
By persisting to successes,
You who can only speak,
Who can not steel yourselves into reiteration;

You of the finer sense,
Broken against false knowledge,
You who can know at first hand,
Hated, shut in, mistrusted:

Take thought:
I have weathered the storm,
I have beaten out my exile.



La zambullida

Quisiera bañarme en extrañeza:
¡estas comodidades amontonadas sobre mí
me asfixian!
¡Me consumo, ardo tanto por lo nuevo,
nuevos amigos, nuevas caras,
lugares!
Oh, estar fuera de esto,
esto que es todo lo que quería
— menos lo nuevo.

¡Y tú,
amor, tú la muy, la más deseada!
¿No detesto todas las paredes, las calles, las piedras,
todo barro, bruma, niebla,
toda clase de tráfico?
A ti, te quisiera fluyendo hacia mí como el agua,
¡oh, pero lejos de esto!
Hierba y llanos y colinas
y sol,
¡oh, bastante sol!
¡Lejos y solo, entre alguna
gente extraña!

Ezra Loomis Pound, Idaho, Estados Unidos, 1885 –Venecia, Italia, 1972
Versión © Gerardo Gambolini


The Plunge

I would bathe myself in strangeness:
These comforts heaped upon me, smother me!
I burn, I scald so for the new,
New friends, new faces,
Places!
Oh to be out of this,
This that is all I wanted
—save the new.

And you,
Love, you the much, the more desired!
Do I not loathe all walls, streets, stones,
All mire, mist, all fog,
All ways of traffic?
You, I would have flow over me like water,
Oh, but far out of this!
Grass, and low fields, and hills,
And sun,
Oh, sun enough!
Out, and alone, among some
Alien people!

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Julio Cortázar




En la bóveda de la tarde cada pájaro es un punto del recuerdo.
Asombra a veces que el fervor del tiempo
vuelva, sin cuerpo vuelva, ya sin motivo vuelva;
que la belleza, tan breve en su violento amor
nos guarde un eco en el descenso de la noche.

Y así, qué más que estarse con los brazos caídos,
el corazón amontonado y un sabor de polvo
que fue rosa o camino.
El vuelo excede el ala.
Sin humildad, saber que esto que resta
fue ganado a la sombra por obra de silencio;
que la rama en la mano, que la lágrima oscura
son heredad, el hombre con su historia,
la lámpara que alumbra. 

Julio Cortázar, Bruselas, 1914 – París, 1984
imagen: s/d

domingo, 25 de septiembre de 2011

Silvia Camerotto



Resabios

Cómo es esta noche todavía
Si las noches
si los momentos van a alguna parte
donde lo encuentre como se encuentra su voz
en mi cabeza con sus altos y sus bajos
con su voluntad inocua para semejantes fauces
La intolerancia metida dentro de una botella
que perfuma mi estudio cuando trabajo
cuando marco un número de teléfono
para pedir ayuda pero nunca lo que deseo que ocurra
Es extraño mirarse después que ha pasado el lugar
y ver que en el lugar ya no está la persona
pero el hueco que ocupaba sigue lleno
como si fuera posible estar al mismo tiempo
en el norte y en el sur
como si los débiles marcos que contienen las miradas
hubieran crecido de golpe
amontonados en el mismo centro de la cosa
Tanta incontinencia
Tanto asombro

Silvia Camerotto, Buenos Aires, Argentina, 1959